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miércoles, 19 de junio de 2013

Génesis

Al principio todo era caos, y el caos cobró conciencia.
Durante eones reinó según su voluntad, y acumuló conocimiento suficiente para llenar el universo. Así, supo que su nombre era Niamh.

Pero en el interior de Niamh, el conocimiento se revolvía, libre y desordenado. Y en el centro de todo ese caos formado por saber y confusión, el orden encontró su lugar.
Porque había nacido del centro del caos, Niamh lo llamó Shonagh, y utilizó su conocimiento y le mostró sus dominios y lo que se encontraba en ellos.

Pero Shonagh era orden, y el orden no podía perdurar en el interior de Niamh. Siempre en conflicto, el caos y el cosmos luchaban por imponer su ley, creando y destruyendo, mientras que la energía pura de la que se alimentaban sus conciencias flotaba libre hacia los confines del universo.

Fue una de estas batallas entre los dos entes supremos la que, provocando una colisión mayor a cualquier otra que hubiese habido hasta el momento, originó la formación de Erin.

Al principio, el planeta no era más que una pequeña esfera de energía con el núcleo candente, tan compacto que casi parecía sólido. Pero Shonagh y Niamh lo vieron, y maravillados por su creación y el poder que guardaba, quisieron conservarlo y hacerlo evolucionar, insuflándole vida con la creación de los elementos.

Shonagh engendró el fuego abrasador, inmutable y poderoso, capaz de abrirse paso a través de cualquier obstáculo que encontrase a su paso. Y para contenerlo en aquel mundo que habían construido, creó la tierra, duradera e imperturbable, preparada para resistir el ímpetu del elemento ígneo.

Por su parte Niamh creó el agua, cambiante y fluida, enemiga natural del fuego, y para sembrar el caos entre los demás elementos, creó el viento. Y en medio de ese caos, los elementos llenaron el mundo, dando forma a los continentes y los océanos, las montañas y los lagos. Dando forma a las Tierras de Erin.
Pero la formación de la tierra generó energía, y la energía es la materia prima del caos. Nacieron así las primeras criaturas que hoy pueblan el mundo.

De la Tierra surgieron las bestias, y de las aguas y los ríos, los peces. El aire se llenó con el suave aleteo de las aves, y el fuego, queriendo presenciar el arte de la creación surgió de las montañas y se expandió por el mundo.
En el centro de Erin, aun ardiente, apareció la chispa de la magia, queriendo tocarlo todo. Y así, junto con el fuego, salió a la superficie e invadió el planeta y a sus criaturas, dando lugar a los Faèricos, para gobernar los bosques, los Anaèmos para reinar en los cielos, los Psariikos para poblar hasta el último rincón de los mares, y finalmente, a los Pyrènikos, para que dominaran al rebelde fuego.

Niamh observaba con deleite lo que por error había creado, y Shonagh, viendo lo que había hecho y que lo había hecho sola, supo que podía mejorarlo, y estudió con interés el planeta para intentar encontrar la clave de aquel fenómeno que llamaron vida.
Tres intentos hizo Shonagh, y con cada uno de ellos concibió una de las razas que hoy día pueblan las Tierras de Erin.

Puesto que la magia era energía que procedía de la voluntad de Niamh, Shonagh decidió forjar a sus criaturas inmunes a ella, y de esa forma evitar la influencia del caos. A sus primeras creaciones las llamó enanos, y les proporcionó conocimiento sobre la tierra y el fuego, para que fuesen duros como la roca y pudiesen manipularla a su potestad.

Pero Niamh vio que eran eternos, y que el fuego les daba fuerza, y la magia no provocaba el ellos cambio alguno. De modo que creó el tiempo, y los hizo envejecer y morir.
Los enanos eran fuertes, pero el tiempo transcurría, y así como eran inmunes a la magia y al manifestar caótico de Niamh, no lo eran a los días, los meses y los años.

Shonagh, desde el infinito, observó lo que era el tiempo, y el efecto que tenía sobre sus criaturas, y comprendió que, haciéndolos inmunes a lo que consideraba el estigma del caos, solo los había hecho vulnerables, más débiles a las intrigas de Niamh.
De forma que Shonagh, habiendo aprendido de todo aquello, utilizó sus conocimientos sobre el universo y sobre el caos, y con todo ello, creó a los humanos.

El agua erosionó la tierra que les daba forma, el fuego la transformó en carne, y el viento les insufló la vida que haría latir sus pechos.
Los creó ignorantes, vacíos de todo conocimiento, como campos vírgenes a la espera de que el mundo los instruyera a voluntad. Viendo que a los seres mágicos que Niamh había creado no les afectaba el tiempo, Shonagh decidió otorgarles la capacidad para manipular la energía generada por el caos, y por lo tanto, la capacidad de hacer magia.

Pero Niamh era antigua y sabia, y sus conocimientos habían crecido en el transcurso de las eras. Supo que eran vulnerables, y utilizando su poder, proporcionó a los humanos sus sentimientos. Les dio el amor y el odio, la ira, la envidia y la avaricia, la pereza, la lujuria y el orgullo, tornándolos tan volubles como el caos que manipulaban.

Shonagh vio lo que había sido de sus criaturas, y reconociendo su error, quiso intentarlo de nuevo.
En crear a esos nuevos seres tardó siglos, que ocupó en observar las tierras de Erin y a sus habitantes. Los longevos enanos, con su fuerza y su amor por la tierra y la roca, creando tesoros a partir de los minerales más extraños que podían encontrar. Y los humanos, ávidos del conocimiento que les había sido negado, evolucionando con lentitud, multiplicándose y poblando el continente al completo.

Cuando creyó Shonagh que por fin estaba preparado, de su orden interior creó a los elfos. Creó sólo a cuatro parejas, macho y hembra, otorgando a cada una conocimientos sobre un elemento concreto. Les dio capacidad para comunicarse entre ellos, permitiendo que aprendieran los unos de los otros y formaran un pueblo unido que no se distanciara por guerras ni disputas.
Los hizo mágicos en sí mismos, pero sin capacidad para manipular el caos, de forma que Niamh tampoco pudiera manipularles a ellos. Permitió que el tiempo alterara sus vidas, pero de forma tan leve, tan sutil, que fuese apenas perceptible para cualquier otro ser mortal.

Creó a la criatura perfecta.
Y entonces llegó Niamh, y les dio libre albedrío.

martes, 15 de marzo de 2011

Eternal Sight

El Principio del Fin

Aún estaba adormilada.
Las ásperas sábanas se le pegaban a la piel desnuda, mientras trataba de levantarse para comenzar las tareas de aquel día.
Se pasó los dedos por el cabello, negro como la noche. Se lo había teñido hacía tantos años que le resultaba sorprendente lo extraña que se sentía aún cuando se miraba en un espejo.
Cambiando sus rizos rubios a morenos, había dejado atrás su casa, su pasado, su vida.

Bostezó.
Sus pies descalzos rozaron el suelo de madera, devolviéndola a la realidad. Sus ropas descansaban en un viejo diván, frente al jergón. Era lo único que había rescatado de su infancia, una montaña de libros de inimaginable valor. Al menos para ella.

Se restregó los ojos con los puños cerrados y comenzó a vestirse. Recogió sus bucles negros en una cola de caballo, y apretó el corpiño en torno a su cintura antes de descolgar el vestido del cuerno de madera clavado en la pared.

Salió de la habitación corriendo, con las zapatillas a medio poner, pero para cuando llegó a la cocina, la encargada de servicio ya la esperaba en la puerta con cara de pocos amigos.

- Llegas tarde!.- La reprendió con los brazos en jarras, sujetándose las faldas para poder agacharse al lado del fogón.

- Lo siento.- La joven se encogió de hombros con timidez.- Me he dormido.

- Siempre te duermes.- La rechoncha mujer se limpió las manos en el delantal.- No te pagan para hacer el holgazán, niña.

Se disculpó de nuevo. Sabía que la matrona le tenía cariño, a pesar de sus reproches y de lo duras que pudieran ser sus palabras en determinadas ocasiones.

Las horas entre los hornos de pan pasaban con una lentitud inaudita.
Ya era casi mediodía cuando, como todos los días desde hacía años, una pareja de soldados que ya rozaba la treintena asomaron los afeitados rostros por la puerta de las cocinas.

La ancha sonrisa de los dos hombres contagió a Shana, que limpiándose el hollín de las manos con uno de los trapos que debía llevar a las lavanderas, masculló una corta despedida a sus compañeras de faena y, cogiendo con fuerza el barreño con la ropa sucia, salió al pasillo tras los guardias en dirección a la fuente.

De mucho mejor humor del que se había levantado, dejó la tina junto a las piedras de lavar, y aceleró el paso hacia el patio de entrenamientos sin perder la sonrisa que le decoraba los labios. Adoraba aquellos pequeños descansos en que los soldados le enseñaban sus tácticas de lucha.

- Hoy pelearás conmigo.- Retó con voz socarrona el más alto de los dos.

- Ya te gané la semana pasada.- Respondió ella con orgullo fingido.

- Me cogiste desprevenido.- Gruñó mientras fulminaba a su compañero con la mirada.- No volverá a pasar.

Las suaves carcajadas de la joven se mezclaron con las del otro soldado, que le alcanzó una espada corta lo suficientemente ligera para que ella pudiese manejarla.
Sin esperar a que se pusiera en guardia, su contrincante atacó.
La muchacha le obsequió con un mohín de disgusto.

- Eh!.- Protestó.- Eso es trampa!

- En la guerra todo el mundo hace trampas.- Contestó el hombre rechazando una estocada baja.- Tu enemigo no dará tregua.

- Es posible.- Respondió frunciendo el ceño.- Pero yo no voy a luchar en ninguna guerra.

Contrariada por una lección que suponía aprendida hacía mucho tiempo, redobló sus esfuerzos en la batalla. El entrechocar de las hojas de las espadas se le antojaba una melodía metálica con un desenlace fatal.

Cuando practicaba, el tiempo no parecía importarle. Las horas, minutos y segundos que ocupaba con el acero entre las manos carecían de sentido, solo importaba la danza imprevisible de sus pies al compás de las fintas que realizaban.

El aire se detenía, los pájaros dejaban de cantar. Ni siquiera sabía con exactitud como lograba mantenerse en tan perfecta sintonía con el acero. El entrenamiento le daba la destreza, pero los años de concentración, de control sobre sí misma para no dejarse arrastrar por la fuerza de su poder, también tenían algo que ver.

O eso creía.

sábado, 15 de enero de 2011

Eternal Sight

Origen

- Abuelo, tiene magia.

El anciano levantó la cabeza al mismo tiempo en que los ojos de la muchacha volvían a la normalidad. Asintió, y con dificultad devolvió dos de los libros a la estantería mas alta.

- Medieval y mágico.- Asintió y se colocó las gafas.- ¿Tipo de magia?

Shana se mordió el labio inferior. Una mala costumbre.
- Era extraño. El chico escribía, y entonces… no se, simplemente pasaba.
- ¿Estas segura de que la pluma, o la tinta no eran mágicas?
- Bueno…- Bajó la vista mientras se retorcía las manos, nerviosa.-Creo que no. No, era él. El que tenía magia era él.

El hombre carraspeó, ajustándose las lentes sobre el puente de la nariz.
- Entiendo…Puede ser…¿Le oíste hablar? ¿Sus palabras eran también mágicas? Intenta recordar. ¿Viste algo?

La niña frunció el ceño pensativa. Se golpeó las uñas de los pulgares y respiró hondo. Tal como su abuela le había enseñado.
Se concentró en rememorar las imágenes de la visión, en recuperar los sonidos y recomponer los recuerdos.

- No lo se. No dijo nada, solo escribía, andaba y miraba por una ventana. Estaba nervioso, como si pensara que no iba a funcionar.- Caló un momento, tratando de no omitir detalles.- No sabía bien como utilizar su poder. No era un iniciado, se escondía.

Una ancha sonrisa se dibujó en el rostro del anciano.
- Bien, bien. Eso nos será de mucha ayuda. Progresas rápido, Shana.

Sus ojos color miel brillaron, henchidos de orgullo. Cada vez lo hacía mejor, su abuelo se lo decía. También cometía errores, claro, pero era normal ya que toda la guía que su familia podía darle era puramente teórica. Pronto sería capaz de controlar la Mirada Eterna.

Odiaba que fuese al revés. Odiaba ser incapaz de ver cuando ella quería, o de eliminar las visiones cuando llegaban en un mal momento. Tendían a ser horriblemente inoportunas.
Odiaba no ser dueña de su propia vida. Pero eso cambiaría pronto.

Tocaron a la puerta y perdió el hilo de sus pensamientos.
Extrañada, la joven dejó que su abuelo ocultara los volúmenes que aún estaban a la vista, y a su señal, se acerco a entreabrir la pequeña puerta.
Se le puso la piel de gallina.

La bibliotecaria, con su moño impecable de cabello gris y su rostro, igualmente ceniciento, mostraba una expresión avinagrada y hosca, como si el simple hecho de tocar la madera de aquella puerta fuese un castigo peor que limpiar letrinas.

- Sus padres la llaman, señorita.- Anunció con voz completamente carente de emoción.

Shana tragó saliva antes de seguirla. Jamás comprendió porqué aquella mujer parecía destilar odio cada vez que la miraba. Pasaba mucho tiempo allí, estudiando. Era una gran biblioteca pública, una de las pocas ubicadas a lo largo del perímetro del enorme castillo del Duque.

El ducado entero tenía libre entrada a las bibliotecas, siempre y cuando estuvieran apuntados en los registros. Todas las familias de los pueblos cercanos lo estaban. Era la forma mas sencilla de conseguir un pequeño terreno para plantar y construir una cabaña. La suya estaba a pocas leguas de la aldea.

Cuando su familia se traslado a aquellas tierras, el hombre que las gobernaba había escuchado su historia y les había dado cobijo. Incluso una pequeña estancia en aquella biblioteca para poder estudiar sin ser molestados. Ni siquiera la bibliotecaria tenía permiso para entrar. Tal vez fuera eso lo que la molestaba tanto.

Fuera del enorme edificio, a los pies de las escaleras de mármol, sus padres esperaban con una gran sonrisa. Entre ellos, con las manos entrelazadas a la altura de las caderas, una niña rubia de apenas cuatro años la observaba de manera inquietante.

Sintió como un escalofrío le recorría la espalda, y los pelillos de la nuca se le erizaron. Algo no encajaba.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Eternal Sight

Papeles en Blanco

Recostado sobre el deteriorado escritorio de madera, el joven escribía a grandes trazos en un pedazo de pergamino.
Tenía prisa, y apretaba la pluma con más fuerza de la que debería. Si no hacía algo rápido, no serviría de nada.

Tras el, fuera del pequeño cuartucho de roca gris y desgastada, el fuego danzaba en una pira en el centro de la plaza, arrojándole sombras siniestras a la vez que el viento primaveral le llevaba los gritos aterrados de la joven que estaba a punto de morir en la hoguera.
Y todo por su culpa.

Las gotas de sudor que resbalaban por su frente amenazaron con emborronar los pocos garabatos que ya había en el papel, y el joven se secó con la manga de la sucia camisa para tratar de evitar el desastre.

Sacó la pluma del tintero. Las manos le temblaban.
Trató de contener las lágrimas mordiéndose la lengua, pero solo consiguió hacerse daño, haciendo todavía mas complicado el evitar ponerse a llorar. Su padre siempre decía que los hombres no lloraban. Otro fracaso más que añadir a su lista.

Rechinó los dientes mientras balanceaba la pluma entre los dedos, esperando a que se le ocurriera algo. Tenía que hacerlo, tenía que escribir. Y pronto. Pero se le había quedado la mente en blanco.

Completamente histérico, se levantó de la silla y miró por la ventana. Deseó no haberlo hecho.
Mientras los alaridos de la muchacha le perforaban los tímpanos, y los gritos de los aldeanos le provocaban náuseas, en el mismo instante en que se atrevió a asomar la cabeza por el ventanuco del pequeño cuarto, pudo ver como la gente del pueblo, sus familiares, amigos y conocidos, amenazaban de muerte a la joven atada en el centro de la pira, agitando puños, horcas y azadas.

Destrozado, volvió a dejarse caer en su asiento.
Todo aquello era culpa suya, por su estúpido intento de impresionarla. Un simple truco, a simple vista inofensivo, que había despertado las sospechas de la gente menos indicada. Y ahora apenas tenía unos minutos para arreglarlo, o Keira moriría.

"La hoguera crepitaba a su alrededor.
Las lenguas de fuego lamían sus pies descalzos."


Lo tachó. Se tapó la cara con las manos en un gesto de desesperación, dejando un largo rastro de tinta por su mejilla.
Su respiración se agitó, mientras trataba de poner en orden sus pensamientos. No tenía que darle forma, ni tratar que pareciese real. Solo escribir lo que quería que pasara, y pasaría. Como las otras veces.
Respiró hondo y mojó la pluma en el tintero.

"Estaba tranquila. No sabía porqué, pero de repente ya no sentía miedo.
Dejó de gritar, y de toser. Respiraba con normalidad."


Los chillidos de dolor de Keira fueron sustituidos por los insultos y vejaciones de todos campesinos que asistían a la ejecución. Apretó los dientes.
El miedo y la culpa dejaron paso a una rabia incontrolable.

"A pesar del sol abrasador que iluminaba la aldea, las llamas no parecían tan ávidas por consumir la pira como lo estaban momentos antes. Se dio cuenta de que, donde anteriormente la quemaban, ahora solo notaba un leve cosquilleo que suavizaba el sufrimiento que le provocaba aquel calor asfixiante.

Una luz brillante descendió hasta ella desde el cielo, como el foco de una gran obra de Teatro presentando a su estrella principal; y al mismo tiempo, un relámpago calcinó la hierba seca de un establo cercano, seguido de cerca por un estruendo atronador.

El populacho enmudeció."


Sintió la tentación de volverse y asegurarse de que había funcionado, pero todo estaba en silencio y el peligro aún no había pasado.

" Los caballos se encabritaron. A coces, destrozaron los pesados portones que los mantenían prisioneros, y salieron al galope de las caballerizas, derechos al centro de la plaza.

Bajo el cegador destello que descendía de entre las nubes, blancas y espumosas que poblaban la bóveda celeste, el fuego de la hoguera comenzó a extinguirse."


Con la respiración agitada, furioso consigo mismo y con el mundo, corrió a mirar por la estrecha ventana.
El foro estaba desierto. Los campesinos habían huido de la intempestiva carrera en que se habían enfrascado los equinos, dejando en el enlosado poco más que los rescoldos en la pira, insuficientes para reavivar la llama que había estado punto de reducir a Keira a cenizas.

Frente a ella, con el rostro rojo y contraído por la rabia, el hijo del noble que la acusó de brujería.

martes, 5 de octubre de 2010

Eternal Sight

¿Infinito?

Se tumbó en la cama, exhausta.
Cerró los ojos tratando de descansar, pero las visiones seguían llegando a su mente una tras otra, impidiéndole conciliar el sueño.
Suspiró. Estaba harta de todo aquello, harta de la magia, de los mundos y de los velos.

Su madre y su abuela le habían enseñado todo lo que sabía acerca de la Mirada Eterna, acerca de su poder y de su alcance.
Pero, como todas las magias poderosas, la suya se saltaba una generación. No podían existir dos huéspedes en el mismo espacio y tiempo.

Por eso, aunque su madre la había instruido lo mejor que había podido, no conocía los verdaderos efectos que el poder tenía sobre ella cada vez que lo utilizaba. Su abuela habría sabido mejor que nadie las razones por las que le pasaba aquello, y también como enfrentarse a ello. Pero el poder la había matado a principios de su quinto invierno.
Para transmitirle a ella la magia, para que Shana heredara sus ojos.

Las lágrimas pugnaban por superar la barrera de sus párpados, pero se lo impidió. Tenía una responsabilidad y, por mucho que le pesara, debía hacer honor a ella. Su abuela lo habría querido así.
Sintiéndose completamente sola, se incorporó y dejó que las visiones la llenaran.

El horror se instaló en su corazón, como una pesadilla cuyas garras amenazaran con arrancarle las vísceras. La escena que presenciaba, en un trance tan real como su propia vida, le heló la sangre.

Al contrario de lo que solía suceder, no era una simple espectadora de lo que ocurría. Sentía el fuego en su propia carne, ascendiendo por la pira de madera y paja seca, calcinándole la piel. Notaba las ataduras entorno a sus tobillos y sus muñecas, tan prietas que le hacían daño. Sus pulmones se llenaban poco a poco de humo y ceniza.

Apenas consciente, se obligó a mirar a su alrededor. Debía reconocer el lugar para poder localizar aquel velo.
La plaza parecía anclada en algún momento de la época medieval, así como sus costumbres. Frente a ella se congregaba un gran tumulto, campesinos pobres en su mayoría, gritando insultos, pronunciando blasfemias y arrojando fruta podrida. Tras ellos, las casas eran de adobe y madera.

Una manzana sorprendentemente dura le acertó en el estómago, dejándola sin respiración.
Trató de respirar hondo, pero un violento acceso de tos amenazó con ahogarla.

Se obligó a despertar. Cuando lo hizo respiraba con dificultad, como si el aire limpio del pequeño cuarto no llegase a saciar sus pulmones.
Inquieta, se levantó de inmediato y salió corriendo de la precaria cabaña que hacía las veces de hogar. Necesitaba el Atlas de los Mundos, una colección de volúmenes inmensos donde todas las anteriores poseedoras de los ojos habían descrito la infinidad de realidades que ocupaban su espacio.

Cuando llegó, sin aliento, a la enorme biblioteca pública que se erigía a pocos kilómetros de su casa, aminoró la marcha para recuperar el aliento. Estaba llena de gente.
Inspiró hondo y cruzó la estancia como una exhalación, frenando de golpe frente a una diminuta puerta de aspecto irregular. La mirada furibunda de la bibliotecaria la hizo estremecer. Aquella mujer le daba miedo.

Cogió aire justo antes de entrar en el minúsculo habitáculo, cuyas paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de libros. En el interior, un hombre de pelo cano sentado en una de las dos sillas situadas frente a la única mesa de la habitación, carraspeó y se coloco las gafas sobre la nariz.

- Shana.- Sorprendido, se levantó del sencillo taburete de madera.- Tu mandre me dijo que estabas indispuesta.

La chiquilla asintió, ruborizada.

- No me encontraba bien.- Se mordió el labio inferior, inquieta.- Pero es que necesito el Atlas.

El anciano se rascó el mentón.
Con la mano apoyada en la gruesa mesa de roble, la miró con detenimiento por encima de los cristales.

- El Atlas de los Mundos.- Reprimió un acceso de tos.

La muchacha asintió al tiempo que el hombre se acercaba a la alta repisa que se erigía tras él para rozar los lomos de los libros con las yemas de los dedos.

- ¿Qué volumen quieres?¿Qué mundo buscas?

Shana se retorció las manos, nerviosa.

- No lo sé. Parecía medieval.

El anciano le dirigió una mirada de reproche, volvió a fijarse en las encuadernaciones y eligió seis volúmenes que apiló en la mesa. Luego los dividió en dos grupos y señaló un asiento a su lado.

- Vamos.- La ordenó apremiante.- Te ayudaré a buscar.

La niña asintió.
Los libros estaban divididos por algo parecido a capítulos. En primer lugar se referían a la existencia de magia tras el velo, pero en aquel momento, ese criterio no les servía de mucho. No tenía ni idea de si el mundo que había visto era o no mágico.

El siguiente punto se basaba en los tiempos, tomando como referencia su propio mundo. Ese era el que tenía que mirar.