jueves, 16 de diciembre de 2010

El coleccionista de Sueños

El Armario

El apartamento estaba vacío. Vacío y sucio, como si nadie en décadas hubiera pasado por allí. Ajadas cortinas de gruesa tela, agujereadas por las polillas y los roedores que campaban a sus anchas por las habitaciones, dejaban filtrar tenues rayos de luz al espacio desierto que se abría ante ellas.

Pese al caos y al desorden, el viejo dueño del edificio habría jurado con la mano en la biblia que todas las semana, sin falta desde hacía años, el alquiler del 8º F aparecía puntual en su puerta, los Domingos por la mañana.
Siempre.

Del cuarto lleno de mugre que en algún momento había sido la cocina, una sombra alta y delgada, cubierta por una larguísima capa de tela negra con capucha, salió con paso lento, apoyando su peso en un bastón de nudosa madera.
Caminaba despacio, con el rostro tapado hasta la nariz, el cabello blanco y lacio cayendo en cascada hasta sus hombros.

Sin prestar importancia a la casi sólida oscuridad que reinaba en el piso, o a las telarañas que habían invadido la totalidad de las paredes de escayola, la misteriosa figura cruzó la habitación desértica, levantando enormes nubes de polvo allí donde ponía los pies.

Con tranquilidad y calma, el anciano se paró erguido en una esquina, apartando con una delicadeza inaudita la araña que colgaba del techo, frente a él. Con dificultad, se agachó para dejarla en el suelo, observándola corretear tan lejos como sus minúsculas patas le permitían antes de levantarse de nuevo y encarar la pared.

Prácticamente inapreciable, cubierto de polvo y gravilla, un pequeño armario de metal permanecía semioculto en aquella zona del apartamento. Era el único mueble presente en toda la casa.

El encapuchado extrajo una diminuta llave de plata de los pliegues de su túnica, la metió en la cerradura y giró suavemente hasta oír el chasquido de los engranajes. Las puertas se abrieron solas.
El interior estaba dividido en dos partes, justo por la mitad. A la izquierda, un colgador que apenas le llegaba a la altura del pecho, exhibiendo varias perchas con capas y túnicas idénticas a las que llevaba puestas. En la derecha, apenas dos baldas con algunas fotografías y un par de cajones chapados en aluminio.

La huesuda mano del anciano acarició el marco de uno de los cuadros y lo empujó con cuidado hacia el fondo del armario. En la estancia vacía, hizo eco el ruido de las poleas al girar.
Tras las ropas del colgador, la pared metálica comenzó a ascender de forma torpe, luchando contra el óxido de las guías y arrancando chirridos de los laterales, hasta dejar a la vista una pequeña entrada a un pasadizo oscuro y estrecho. Escaleras imposiblemente inclinadas desaparecían en la negrura del pasaje, descendiendo hasta donde alcanzaba la vista.

No muy lejos de la puerta oculta, una antorcha de cristal transparente colgaba de la pared. El hombre la agarró con fuerza en el puño, y un fulgor tenue iluminó el pasillo frente a él.
Cerrando el mueble a sus espaldas, el encapuchado comenzó a bajar las escaleras paso a paso, piso tras piso, hasta llegar a una profundidad casi equivalente a los sótanos del edificio.

La habitación que se extendía entonces ante el anciano estaba repleta de estanterías, cada una de ellas repleta de cientos de esferas de vidrio, del tamaño del puño de un niño.
Colocó la antorcha de cristal en uno de los soportes de la pared, y el brillo mágico que despedía se desplegó inmediatamente hacia la media docena de artefactos idénticos que ocupaban atriles a lo largo del ancho cuarto.

A la luz sobrenatural de los cristales, en las miles de esferas alineadas por las distintas baldas comenzó a surgir una niebla, desde el mismo centro hasta llenarlas por completo. En algunas, el humo era blanco como la nieve, en otras gris, y en las menos, negro como el carbón.

Eran sueños, y pesadillas, de toda una vida como viajero errante.
Sueños de niños, de jóvenes y de adultos, de viejos. Ilusiones, pesadillas que quitaban el aliento con solo acercarse a observar su esencia.
Toda clase de fantasías y ensoñaciones encerradas en aquella habitación.

El anciano se acercó a una de las estanterías más alejadas de la puerta de entrada, y colocó con cuidado dos nuevos orbes en sendas bases de plata grabada.

martes, 30 de noviembre de 2010

Estigia

Como un gato juega con la comida, haciéndola pensar que tiene posibilidades de sobrevivir, así se recrean las Parcas antes de dejar caer las almas a la noche sin fin de la Laguna.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Eternal Sight

Papeles en Blanco

Recostado sobre el deteriorado escritorio de madera, el joven escribía a grandes trazos en un pedazo de pergamino.
Tenía prisa, y apretaba la pluma con más fuerza de la que debería. Si no hacía algo rápido, no serviría de nada.

Tras el, fuera del pequeño cuartucho de roca gris y desgastada, el fuego danzaba en una pira en el centro de la plaza, arrojándole sombras siniestras a la vez que el viento primaveral le llevaba los gritos aterrados de la joven que estaba a punto de morir en la hoguera.
Y todo por su culpa.

Las gotas de sudor que resbalaban por su frente amenazaron con emborronar los pocos garabatos que ya había en el papel, y el joven se secó con la manga de la sucia camisa para tratar de evitar el desastre.

Sacó la pluma del tintero. Las manos le temblaban.
Trató de contener las lágrimas mordiéndose la lengua, pero solo consiguió hacerse daño, haciendo todavía mas complicado el evitar ponerse a llorar. Su padre siempre decía que los hombres no lloraban. Otro fracaso más que añadir a su lista.

Rechinó los dientes mientras balanceaba la pluma entre los dedos, esperando a que se le ocurriera algo. Tenía que hacerlo, tenía que escribir. Y pronto. Pero se le había quedado la mente en blanco.

Completamente histérico, se levantó de la silla y miró por la ventana. Deseó no haberlo hecho.
Mientras los alaridos de la muchacha le perforaban los tímpanos, y los gritos de los aldeanos le provocaban náuseas, en el mismo instante en que se atrevió a asomar la cabeza por el ventanuco del pequeño cuarto, pudo ver como la gente del pueblo, sus familiares, amigos y conocidos, amenazaban de muerte a la joven atada en el centro de la pira, agitando puños, horcas y azadas.

Destrozado, volvió a dejarse caer en su asiento.
Todo aquello era culpa suya, por su estúpido intento de impresionarla. Un simple truco, a simple vista inofensivo, que había despertado las sospechas de la gente menos indicada. Y ahora apenas tenía unos minutos para arreglarlo, o Keira moriría.

"La hoguera crepitaba a su alrededor.
Las lenguas de fuego lamían sus pies descalzos."


Lo tachó. Se tapó la cara con las manos en un gesto de desesperación, dejando un largo rastro de tinta por su mejilla.
Su respiración se agitó, mientras trataba de poner en orden sus pensamientos. No tenía que darle forma, ni tratar que pareciese real. Solo escribir lo que quería que pasara, y pasaría. Como las otras veces.
Respiró hondo y mojó la pluma en el tintero.

"Estaba tranquila. No sabía porqué, pero de repente ya no sentía miedo.
Dejó de gritar, y de toser. Respiraba con normalidad."


Los chillidos de dolor de Keira fueron sustituidos por los insultos y vejaciones de todos campesinos que asistían a la ejecución. Apretó los dientes.
El miedo y la culpa dejaron paso a una rabia incontrolable.

"A pesar del sol abrasador que iluminaba la aldea, las llamas no parecían tan ávidas por consumir la pira como lo estaban momentos antes. Se dio cuenta de que, donde anteriormente la quemaban, ahora solo notaba un leve cosquilleo que suavizaba el sufrimiento que le provocaba aquel calor asfixiante.

Una luz brillante descendió hasta ella desde el cielo, como el foco de una gran obra de Teatro presentando a su estrella principal; y al mismo tiempo, un relámpago calcinó la hierba seca de un establo cercano, seguido de cerca por un estruendo atronador.

El populacho enmudeció."


Sintió la tentación de volverse y asegurarse de que había funcionado, pero todo estaba en silencio y el peligro aún no había pasado.

" Los caballos se encabritaron. A coces, destrozaron los pesados portones que los mantenían prisioneros, y salieron al galope de las caballerizas, derechos al centro de la plaza.

Bajo el cegador destello que descendía de entre las nubes, blancas y espumosas que poblaban la bóveda celeste, el fuego de la hoguera comenzó a extinguirse."


Con la respiración agitada, furioso consigo mismo y con el mundo, corrió a mirar por la estrecha ventana.
El foro estaba desierto. Los campesinos habían huido de la intempestiva carrera en que se habían enfrascado los equinos, dejando en el enlosado poco más que los rescoldos en la pira, insuficientes para reavivar la llama que había estado punto de reducir a Keira a cenizas.

Frente a ella, con el rostro rojo y contraído por la rabia, el hijo del noble que la acusó de brujería.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Resurrección III

Alix gruñó.

- La golpeaste en la cabeza.

- Es lo primero que se me ocurrió.- Se justificó.- Pero tú no eres ella. ¿Porqué te importa tanto?

- La necesito.- Respondió escuetamente.- -y tú, ¿Quién eres? Reconozco tu cara, pero no guardo sus recuerdos.

- Nisha.- Contestó arrugando la nariz.

Habían llegado al otro lado de la isla casi sin darse cuenta. No era demasiado grande, pero lo que le había dicho Alix era cierto. No había ningún portal allí. No podían salir.

- Sheene.- Aunque no era necesario, el espíritu de hielo se presentó.- Espíritu elemental de…

- Sé quién eres.- La interrumpió con brusquedad.- La guerrera del principio de los tiempos.

Shenne asintió. Notaba los músculos entumecidos, como si el frío de su alma comenzara ya a consumir el cuerpo de Alix.

- No puedo seguir así mucho tiempo.- Advirtió la joven examinándose las manos.

- Entonces tendremos que salir rápido de aquí. Razonó la rubia, rompiendo un cascote de un puñetazo.- ¿Cuánta agua puedes congelar?

La elemental comprendió enseguida lo que se proponía, y su mirada glacial se perdió en el horizonte del mar que las rodeaba.

- No la suficiente.

- ¿Hasta la próxima isla?.- Negó con la cabeza, sin mirarla.- ¿Y la espada?

- No tiene tanto tiempo. Y ella no puede sujetar mi espada.

La semidemonio suspiró, derrotada. Echaba de menos a Akira. Y entonces se le ocurrió.

- ¿Existe la forma de que las dos estéis despiertas?

La muchacha la miró extrañada.

- No veo como puede ser eso posible. Ni siquiera sabe que existo. Además, dudo que su cuerpo mortal pudiera soportar el frío de dos almas conscientes.

- Ella tiene poder sobre el fuego.- Se sorprendió a si misma rebatiendo a la guerrera.- Dos esencias opuestas tal vez podrían neutralizarse lo suficiente para que un débil cuerpo humano lo soporte.

Shenne la miró ceñuda.

- ¿Fuego?.- La sorpresa que imprimió al rostro de Alix casi hacía olvidar la escarcha que ya empezaba a cubrirle la piel.- Nunca había tenido un huésped que no fuera de hielo. Es extraño. No debería poder….

- Pero puede, ¿no? Es posible que tenga razón.- Se apoyó en una roca flotante, mirando al cielo despejado.- No me malinterpretes, me importan poco las razones por las que eso pueda pasar. Pero quiero salir de aquí.

- Bien.- La elemental no dio señales de que sus palabras la hubiesen molestado.- Pero eso deberías decírselo a ella.- Y antes de que la semidemonio pudiese abrir la boca, Sheene volvió a introducirse en la espada helada, y el cuerpo de Alix cayó inerte al suelo pedregoso.

Nisha maldijo su suerte, tratando de prepararse para la avalancha de emociones que bullían en la mente de Alix. Pero le fue imposible.
Cuando se levantó, los pensamientos incoherentes de la joven la golpearon con la fuerza de un huracán en cuyo centro estuviera su cabeza tratando de amortiguar el viento con un parasol. Dio un paso hacia atrás de la impresión.

- Si vuelves a empezar a parlotear, o intentas abrazarme, te juro que te dejaré inconsciente otra vez, y no seré tan amable.- Amenazó adelantando la mano con la que sujetaba el colgante de piedra verde, y el brazo amputado de su padre colgando con rigidez cadavérica.

Alix se frotó la cabeza en el lugar del golpe y sonrió tímidamente.

- Lo siento. Llevaba mucho tiempo sola aquí.

- Me da igual.

Puso los ojos en blanco y se giró en redondo para arrodillarse en la playa de arena negra. Suspiró. ¿Se suponía que ella tenía que enseñarla a convivir con otra alma?
En aquel momento se percató de que aun sujetaba con fuerza el collar que le había arrebatado al Rey Demonio. La gema esmeralda, brillante, que pendía de uno de los extremos comenzaba a volverse translúcida, como el mineral de la que había sido forjada.

Con dificultad, separó los dedos de la mano cortada que aún sujetaba la cadena, y se colocó al cuello la gargantilla. Cerró los ojos, olvidándose de los estúpidos pensamientos que le llegaban desde Alix, sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, como la conciencia de Akira despertaba de su letargo.

Las orejas de gato que coronaban su cabellera descendieron hasta transformarse en humanas, y la larga cola fue desapareciendo al mismo tiempo que el cuerpo musculoso de un enorme felino se materializaba a su lado. Rozó su lomo con los dedos, sintiéndose completa de nuevo, fuerte, igual que antes. La figura que llevaba al cuello se había vuelto completamente transparente, incolora, como si aquello que guardaba en su interior ya no fuese a volver nunca mas.

Y como dándole la razón, Nisha se arrancó la cadena y la lanzó al agua, tan lejos como los músculos de sus brazos la permitieron llegar.
A lo lejos, escuchó la exclamación de Alix.

- ¿Cómo has hecho eso?

martes, 5 de octubre de 2010

Eternal Sight

¿Infinito?

Se tumbó en la cama, exhausta.
Cerró los ojos tratando de descansar, pero las visiones seguían llegando a su mente una tras otra, impidiéndole conciliar el sueño.
Suspiró. Estaba harta de todo aquello, harta de la magia, de los mundos y de los velos.

Su madre y su abuela le habían enseñado todo lo que sabía acerca de la Mirada Eterna, acerca de su poder y de su alcance.
Pero, como todas las magias poderosas, la suya se saltaba una generación. No podían existir dos huéspedes en el mismo espacio y tiempo.

Por eso, aunque su madre la había instruido lo mejor que había podido, no conocía los verdaderos efectos que el poder tenía sobre ella cada vez que lo utilizaba. Su abuela habría sabido mejor que nadie las razones por las que le pasaba aquello, y también como enfrentarse a ello. Pero el poder la había matado a principios de su quinto invierno.
Para transmitirle a ella la magia, para que Shana heredara sus ojos.

Las lágrimas pugnaban por superar la barrera de sus párpados, pero se lo impidió. Tenía una responsabilidad y, por mucho que le pesara, debía hacer honor a ella. Su abuela lo habría querido así.
Sintiéndose completamente sola, se incorporó y dejó que las visiones la llenaran.

El horror se instaló en su corazón, como una pesadilla cuyas garras amenazaran con arrancarle las vísceras. La escena que presenciaba, en un trance tan real como su propia vida, le heló la sangre.

Al contrario de lo que solía suceder, no era una simple espectadora de lo que ocurría. Sentía el fuego en su propia carne, ascendiendo por la pira de madera y paja seca, calcinándole la piel. Notaba las ataduras entorno a sus tobillos y sus muñecas, tan prietas que le hacían daño. Sus pulmones se llenaban poco a poco de humo y ceniza.

Apenas consciente, se obligó a mirar a su alrededor. Debía reconocer el lugar para poder localizar aquel velo.
La plaza parecía anclada en algún momento de la época medieval, así como sus costumbres. Frente a ella se congregaba un gran tumulto, campesinos pobres en su mayoría, gritando insultos, pronunciando blasfemias y arrojando fruta podrida. Tras ellos, las casas eran de adobe y madera.

Una manzana sorprendentemente dura le acertó en el estómago, dejándola sin respiración.
Trató de respirar hondo, pero un violento acceso de tos amenazó con ahogarla.

Se obligó a despertar. Cuando lo hizo respiraba con dificultad, como si el aire limpio del pequeño cuarto no llegase a saciar sus pulmones.
Inquieta, se levantó de inmediato y salió corriendo de la precaria cabaña que hacía las veces de hogar. Necesitaba el Atlas de los Mundos, una colección de volúmenes inmensos donde todas las anteriores poseedoras de los ojos habían descrito la infinidad de realidades que ocupaban su espacio.

Cuando llegó, sin aliento, a la enorme biblioteca pública que se erigía a pocos kilómetros de su casa, aminoró la marcha para recuperar el aliento. Estaba llena de gente.
Inspiró hondo y cruzó la estancia como una exhalación, frenando de golpe frente a una diminuta puerta de aspecto irregular. La mirada furibunda de la bibliotecaria la hizo estremecer. Aquella mujer le daba miedo.

Cogió aire justo antes de entrar en el minúsculo habitáculo, cuyas paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de libros. En el interior, un hombre de pelo cano sentado en una de las dos sillas situadas frente a la única mesa de la habitación, carraspeó y se coloco las gafas sobre la nariz.

- Shana.- Sorprendido, se levantó del sencillo taburete de madera.- Tu mandre me dijo que estabas indispuesta.

La chiquilla asintió, ruborizada.

- No me encontraba bien.- Se mordió el labio inferior, inquieta.- Pero es que necesito el Atlas.

El anciano se rascó el mentón.
Con la mano apoyada en la gruesa mesa de roble, la miró con detenimiento por encima de los cristales.

- El Atlas de los Mundos.- Reprimió un acceso de tos.

La muchacha asintió al tiempo que el hombre se acercaba a la alta repisa que se erigía tras él para rozar los lomos de los libros con las yemas de los dedos.

- ¿Qué volumen quieres?¿Qué mundo buscas?

Shana se retorció las manos, nerviosa.

- No lo sé. Parecía medieval.

El anciano le dirigió una mirada de reproche, volvió a fijarse en las encuadernaciones y eligió seis volúmenes que apiló en la mesa. Luego los dividió en dos grupos y señaló un asiento a su lado.

- Vamos.- La ordenó apremiante.- Te ayudaré a buscar.

La niña asintió.
Los libros estaban divididos por algo parecido a capítulos. En primer lugar se referían a la existencia de magia tras el velo, pero en aquel momento, ese criterio no les servía de mucho. No tenía ni idea de si el mundo que había visto era o no mágico.

El siguiente punto se basaba en los tiempos, tomando como referencia su propio mundo. Ese era el que tenía que mirar.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Oscura Eternidad

Little Lillith

Dead in her teen ages,
trying to live in the dark
Without sun, never again,
without love and without friends,
All alone, in her death...
Without light... Never again.


With red crimson eyes,
sharp, dangerous fangs,
all dressed in black,
evolved in a scarlet light.

Surrended to the Moon kingdom,
rejected by the Sun,
Small little girl,
cursed on the eternal night

La eternidad puede ser traicionera.

Demasiado tiempo en soledad, pensando, recordando por mil veces los mismos detalles. Lillith había recogido del suelo un pequeño cuaderno escrito con letra infantil. Alguien se había colado en la mansión aparentemente abandonada mientras ella dormía.

Lo abrió con curiosidad, extrayendo un par de hojas, algunas fotos y un DNI, todos con la misma imagen de una chica morena, pintada de blanco y maquillada de azul oscuro y negro.
Los piercings que decoraban su boca y su ceja le arrancaron una mueca de disgusto y dolor. Hacía muchos años que no salía al exterior.
La curiosidad le corroía por dentro.

Sonrió. Estaba segura de que no era la primera vez que entraban en su casa, y por supuesto, tampoco la última. Aquella niña volvería, aunque solo fuera para recuperar sus pertenencias. Y ella la estaría esperando.

Aquel día no dormiría. Se ocupó de esconder su lecho acolchado tras una puerta oculta por un tapiz de estilo victoriano, y abrió su armario en busca de trajes lo suficientemente bien conservados para poder cambiar su viejo vestido verde por uno más elegante.

Recogió un poco las habitaciones, notando con desagrado que faltaban algunos objetos, y muchos otros habían sido cambiados de sitio. Sintió especialmente la pérdida de un relicario de plata pulida, que acostumbraba a estar colgado en el candelabro del salón, justo encima de la chimenea.

Con forma de óvalo, grabado en finos relieves sobre el metal se hallaba su nombre completo, y en el interior, dos fotos en blanco y negro que había introducido cuidadosamente cuando aún era una chiquilla humana de escasos 16 años.

Encendió la chimenea con unas hojas secas y dejó un par de troncos en posición para más tarde. Cuando todo estuvo como ella quería, se internó en la biblioteca, y prendiendo también la lumbre que se escondía entre las estanterías, recogió el libro que había estado leyendo y se recostó en el antiguo sofá de terciopelo rojo que constituía la única decoración de la inmensa sala, a excepción de la pequeña alfombra colocada a sus pies.

martes, 7 de septiembre de 2010

Oscura Eternidad

Madelaine

Pegó una patada a la pata del pupitre, interrumpiendo con el sonido metálico la lección de su profesora de inglés.

Las miradas convergieron en ella, arrancándole media sonrisa que escondió como pudo entre los mechones de pelo que le caían sobre el rostro.

Estaba molesta por haber tenido que quitarse el cinturón, las pulseras, y en definitiva, todo aquello metálico o punzante que usualmente llevaba encima para decorar su vestuario. Después del follón que se había montado en el pasillo la semana anterior, le habían prohibido la entrada al instituto con cualquier cosa susceptible de ser utilizada como arma.

Menos las botas.

Repitió la operación en la mesa, ganándose una expulsión para el resto de la clase que aceptó sin muchas pegas. En realidad había quedado en cinco minutos a las puertas del centro, y llevaba toda la tarde intentando ganarse aquella amonestación.

Caminó directamente hacia el despacho del director, entrando sin llamar para recuperar sus pertenencias.


- Madelaine Ricco.- La nombró el anciano sin levantar la vista de los documentos que poblaban el escritorio.- En esa caja de ahí.- Señaló algún lugar detrás de la puerta.

- Gracias.- Respondió ella. Le caía bien aquel hombre.


Comenzó a rebuscar entre decenas de objetos poniéndose anillos, brazaletes, hasta llegar a un cinturón de balas y un par de adornos para el pelo repletos de púas.
Cuando salió de la sala, no parecía la misma.

Conectó el sonido del móvil mientras marchaba hacia la salida, y paró un momento en la taquilla para dejar los libros que se había llevado del aula. La agenda fue a parar a su mochila.


- Maddy Crow!!!.- Escuchó el grito desde el aparcamiento, y sonrió.


El chico que la esperaba apoyado en la puerta delantera de un viejo y destartalado descapotable vestía de una forma tan extravagante como ella.

Con toda la nuca y la parte de atrás de la cabeza rapada, solo le quedaba largo el flequillo, cuyas puntas estaban teñidas de un rubio platino que desentonaba enormemente con sus prendas oscuras. El cabello que le quedaba, marrón oscuro, le caía en diagonal sobre los ojos y a ambos lados detrás de las orejas, dándole un aspecto entre dejado y rebelde del todo acorde con su vestimenta.

Le alcanzó y entró en el coche, apretándose entre la puerta y las cuatro personas que viajaban en el asiento de atrás.


- Y ahora, como regalo de cumpleaños…- El interior del auto se llenó de vítores que ahogaron el ruido del motor.- ¡Vamos a llevar al cuervito a la mansión!


Sonrió. Supuso que tendrían algo preparado allí, ya que no era la primera vez que pasaban por aquella casa abandonada con fachadas del siglo anterior. Estaba situada a las afueras de la ciudad, en una zona muy poco concurrida ideal para juntarse una noche de sábado antes de salir.

Aparcaron detrás de la vieja vivienda, en el pequeño jardín que la rodeaba, y salieron, uno a uno, los siete adolescentes hacia el extenso porche de entrada.


- ¡Voy a cerrar la verja!- Gritó uno de los chicos, corriendo hacia las vallas que rodeaban la propiedad.

- ¡A taparse los ojos!- Exclamó otro, que automáticamente cubrió los ojos de Madelaine con un pañuelo negro.

- ¿Aker?.- La muchacha trató de no perder el sentido de la orientación, pero la oscuridad, el mareo y la falta de visión se lo complicaban.


La hicieron entrar a ciegas, sin decirle una sola palabra, hasta llegar a un punto del interior que no supo ubicar con exactitud. Alguien, desde atrás, le desató la venda que llevaba en la cara, dejándola ver el salón de aspecto decrépito y sombrío que habían decorado para ella.

Las telarañas falsas, junto con las de verdad, colgaban por doquier y las lámparas de aceite estaban encendidas y colgadas en la pared.

En el centro de la mesa, que abarcaba casi toda la longitud de la habitación, habían colocado el candelabro de seis velas que solía estar en la chimenea, y en el pie del centro, enrollado en la cera medio derretida, un relicario en forma de lágrima de plata con una gema de color negro engarzada justo en su centro.


- Para ti.- Dijo Aker, despegándolo de la vela y entregándoselo.- Tu regalo.

- Que morro!- Rió ella, colgándoselo al cuello.

- Hemos traído un montón de comida.- Anunció una chica tras ella, poniendo un montón de bolsas sobre la mesa.- Blood trae más.


Maddy sonrió de nuevo. Decididamente, no podía tener un 17 cumpleaños mejor.


- ¿Qué has traído?- Preguntó curiosa mientras se acercaba a su amiga para echar un vistazo a los paquetes.

- Siéntate y lo verás.- Respondió dándole un manotazo.


Lo hizo. Se sentó en la cabecera de la mesa, siguiéndole el juego al joven que, burlonamente, le ofrecía asiento.

Ash y Aker a su lado, luego Dark, Blood, Mist y Sick. Siete en total, y solo dos chicas.

Miró al vacío mientras desenvolvían la comida, divagando, pensando en aquellos motes que habían elegido – o los otros habían decidido por ellos – y en las razones por las que los pronunciaban con orgullo. O al menos, casi todos lo hacían.

Recordaba por que Sick se llamaba así. Era irónico pensar que la razón de aquel sobrenombre no fuese otra que el hecho de que el pobre muchacho pasara mas tiempo en el hospital que en su propia casa. La verdad era que siempre había sido un chico enfermizo. De salud frágil.

Ciertamente, a veces eran crueles.

Y estaba Ash, su mejor amiga. La única chica del grupo, aparte de ella por supuesto. Tenía una fijación casi obsesiva con reducir a cenizas cualquier cosa susceptible de ser incinerada. Un peligro con cerillas en el bolso, preparada siempre para cualquier pelea en la cual sacar a relucir su hobby preferido.

Aker, fanático de la mitología oscura, Dark, al que casi habrían tachado de fotofóbico de no ser porque, una vez a la semana, salía a la calle antes de que cerraran la tienda de comics de su calle. Blood y su maldito gusto por el cine gore.

Y Mist, siempre con el cigarrillo en la mano, el terror de los asmáticos. Y de Sick.

Luego estaba ella. Ella era Crow, o el cuervo, como la película donde murió Brandon Lee. Y es que parecía tener una capacidad asombrosa para atraer a aquellos pájaros de mal agüero a donde quiera que estuviese.

Se escuchó un graznido, y la mesa se llenó de carcajadas.