viernes, 6 de octubre de 2017

Bajo el Agua

Ariane observó con curiosidad el fondo marino, buscando con insistencia la gruta de la que tanto le había hablado su compañera. Sabía que no debían adentrarse en esa zona, sus padres se lo repetían una y otra vez. Tanto, que habían dejado de escucharles.
Un pinchazo de arrepentimiento le atravesó el pecho al vislumbrar la sombra oscura y deforme de la bestia marina, agazapada en un rincón del profundo arrecife. Pero estaba demasiado cerca, no había llegado tan lejos sólo para rendirse ahora.
Echó un ligero vistazo a su espalda, asegurándose de que nadie la había seguido, y movió con fuerza la cola para impulsarse unos metros más.

—¡Ariane!—Tronó una voz tras ella.—Te he dicho mil veces que no te acerques a la depuradora mientras está en marcha. ¡Sal ahora mismo de la piscina!

sábado, 21 de mayo de 2016

Desde Enero de 2015

No había tenido que entrar aquí.
Estoy tan liada con el libro que apenas dedico tiempo a escribir otras cosas, aunque reconozco que este blog nunca ha dejado de estar entre los marcadores principales de mi navegador.
Demasiados años con él, no quiero eliminarlo después de tanto tiempo. Y lo cierto es que viene muy bien para venir de vez en cuando y ver de primera mano el progreso desde que empecé a escribir.
Si a alguno le llegan todavía las notificaciones de este blog, quizá quiera entrar al wordpress que hice para la novela. Al menos ese lo actualizo todos los Domingos, avanzando poco a poco con la historia. Además, me haría ilusión, para que negarlo.
También estoy subiendo cosas a la plataforma de Wattpad. Es otra forma de seguir escribiendo, aunque he de reconocer que todo funciona mucho más lento. Al menos por mi parte.

Pero bueno, que divago. Pasará mucho tiempo antes de que vuelva a retomar las actualizaciones periódicas en este blog, si es que alguna vez lo hago. Así que si aún tenéis ese extraño deseo de leer las tonterías que escribo de tanto en cuando, ya sabéis donde encontrarme.

Raven.

sábado, 10 de enero de 2015

Esto...

No, no he abandonado el blog.

Bueno, quizá un poco. Pero no del todo, lo prometo.
El caso es que después del fiasco que me llevé con el libro - Para los que no se enteraron de las novedades, no acabó muy bien - dejé de escribir durante un montón de tiempo. Normal, ¿verdad? Ese tipo de cosas al final pasan factura. Pero bueno, tampoco es plan de dejar tus hobbies sólo porque te puteen una vez, así que sigo escribiendo. Poco a poco, pero lo hago.

Y la razón por la que apenas aparezco por aquí después de aquello es que me he embarcado en otro proyecto, esta vez por mi cuenta. En principio solo por aquí, por internet, en un blog propiedad de wordpress - Si le quereis echar un ojo, es EternalSight - Seguirá así durante un tiempo, actualizo todos los domingos por la noche con una nueva parte del capítulo.

Bueno, como presentación a la historia diré que está ambientada en un universo propio, de corte medieval y donde la magia no resulta desconocida. Otros detalles se pueden ver en el propio wordpress, en las pestañas de razas y demás ambientación.
La historia acompaña a Shana, la heredera de un peculiar don que debe embarcarse en un largo viaje para descubrir el alcance de sus poderes y, más importante aún, el lugar de donde procede.


Si queréis saber más, ya sabéis donde clickar.
Y después de haber dicho esto, trataré de pasarme por aquí más a menudo ^^'

domingo, 28 de diciembre de 2014

Lecturas frustradas

Sé que hace muchísimo tiempo que no actualizo este blog, y lo cierto es que entre estudios y otros proyectos lo he dejado bastante abandonado. Sin embargo, eso no significa que haya dejado de escribir, ni relatos ni las continuas idas de olla que por costumbre se quedan perdidas en las profundidades de mi portátil.

Esta formaría parte de las últimas, por cierto. Pero me pareció lo suficientemente angustiante como para colgarla aquí.

Y es que no se si alguna vez os habéis encontrado con esos libros cuya traducción es tan, pero tan mala, que resulta imposible concentrarse en la lectura. Yo sí, y no es una sensación nueva, pero hacía muchísimo tiempo que mi nivel de frustración no llegaba a estos extremos.

Se habla mucho de la calidad literaria de una novela, de la historia en sí misma, pero muy poca gente se da cuenta del tremendo esfuerzo y empeño que hay que poner para que una traducción sea tan veraz y correcta como para hacer justicia al libro del que parte.

Me explico. Cierto es que para meternos en la historia esta tiene que gustarnos, engancharnos desde el principio, como estos libros que prácticamente NO puedes dejar de leer. De los que piensas a las cuatro de la mañana "va, un capítulo más y me duermo" y cuando vuelves a mirar el reloj son las seis. Pero para conseguir eso también dependes de la forma del texto.

Quiero decir que si te pones a leer tan feliz y encuentras una errata, si no es muy grave puedes pasarla por alto, de hecho es probable que si te está gustando el libro ni siquiera te des cuenta de que está ahí. Pero si te encuentras un error cada dos párrafos, eso ya es otra historia. Y si esos errores influyen en el sentido de la frase y tienes que volver atrás para poder entenderlo todo, pues peor.

Y si, señores y señoras, eso es lo que me ha pasado a mí con el último libro que me he adjudicado. Vale que me salió el pack muy barato, - era una saga -, cuatro libros 25€ - y juro que ahora entiendo por qué los tenían a ese precio - pero maldita sea, ninguna obra, por muy mala que sea - y lo reconozco, no es precisamente una joya - merece que le hagan semejante putada al traducirlo a otro idioma.

Porque hay traducciones malas, de éstas que necesitas un diccionario para poder seguir el hilo de la historia. Y hay traducciones malas unidas a un cuidado pésimo de la edición, que une los errores tipográficos con los errores gramaticales y un montón de otros fallos para construir algo que cualquiera hubiese jurado que no estaba en su idioma.

Si sois tan impacientes como yo, a estas alturas ya estaréis cagándoos en todos mis ancestros por no revelar el título del libro que me ha hecho escribir este tostón de texto. Lo cierto es que a pesar de que la historia es bastante mala, me parece que en gran parte la culpable del estropicio es la traductora de los libros, Eva Nieto Silva, que ha logrado que una saga aburrida y predecible se convierta además en un suicidio literario - Mis pobres córneas me avalan.


Pero bueno, que me voy por las ramas. Las novelas de las que llevo hablando todo este tiempo son, en concreto, las cuatro partes de "Luna de Leyenda", una obra alemana que definitivamente no recomendaría a ningún amante de la fantasía - o de la lectura en general.

martes, 9 de julio de 2013

Empresa familiar

Eve es la bruja del Bosque Esquivo.
Está intentando tomar el relevo de su abuela Hermenegilda, fallecida hace cosa de un año por atragantamiento con un hueso de rana durante su jornada laboral, lo que dejó el bosque sin bruja y a los aldeanos, confusos, sin saber dónde acudir en los días en que tocaba hoguera y turba furiosa.

Ahora Eve pretende iniciarse en el negocio familiar, aunque por desgracia, aun hace falta tiempo y práctica para que sus hechizos surtan el efecto deseado.

miércoles, 19 de junio de 2013

Génesis

Al principio todo era caos, y el caos cobró conciencia.
Durante eones reinó según su voluntad, y acumuló conocimiento suficiente para llenar el universo. Así, supo que su nombre era Niamh.

Pero en el interior de Niamh, el conocimiento se revolvía, libre y desordenado. Y en el centro de todo ese caos formado por saber y confusión, el orden encontró su lugar.
Porque había nacido del centro del caos, Niamh lo llamó Shonagh, y utilizó su conocimiento y le mostró sus dominios y lo que se encontraba en ellos.

Pero Shonagh era orden, y el orden no podía perdurar en el interior de Niamh. Siempre en conflicto, el caos y el cosmos luchaban por imponer su ley, creando y destruyendo, mientras que la energía pura de la que se alimentaban sus conciencias flotaba libre hacia los confines del universo.

Fue una de estas batallas entre los dos entes supremos la que, provocando una colisión mayor a cualquier otra que hubiese habido hasta el momento, originó la formación de Erin.

Al principio, el planeta no era más que una pequeña esfera de energía con el núcleo candente, tan compacto que casi parecía sólido. Pero Shonagh y Niamh lo vieron, y maravillados por su creación y el poder que guardaba, quisieron conservarlo y hacerlo evolucionar, insuflándole vida con la creación de los elementos.

Shonagh engendró el fuego abrasador, inmutable y poderoso, capaz de abrirse paso a través de cualquier obstáculo que encontrase a su paso. Y para contenerlo en aquel mundo que habían construido, creó la tierra, duradera e imperturbable, preparada para resistir el ímpetu del elemento ígneo.

Por su parte Niamh creó el agua, cambiante y fluida, enemiga natural del fuego, y para sembrar el caos entre los demás elementos, creó el viento. Y en medio de ese caos, los elementos llenaron el mundo, dando forma a los continentes y los océanos, las montañas y los lagos. Dando forma a las Tierras de Erin.
Pero la formación de la tierra generó energía, y la energía es la materia prima del caos. Nacieron así las primeras criaturas que hoy pueblan el mundo.

De la Tierra surgieron las bestias, y de las aguas y los ríos, los peces. El aire se llenó con el suave aleteo de las aves, y el fuego, queriendo presenciar el arte de la creación surgió de las montañas y se expandió por el mundo.
En el centro de Erin, aun ardiente, apareció la chispa de la magia, queriendo tocarlo todo. Y así, junto con el fuego, salió a la superficie e invadió el planeta y a sus criaturas, dando lugar a los Faèricos, para gobernar los bosques, los Anaèmos para reinar en los cielos, los Psariikos para poblar hasta el último rincón de los mares, y finalmente, a los Pyrènikos, para que dominaran al rebelde fuego.

Niamh observaba con deleite lo que por error había creado, y Shonagh, viendo lo que había hecho y que lo había hecho sola, supo que podía mejorarlo, y estudió con interés el planeta para intentar encontrar la clave de aquel fenómeno que llamaron vida.
Tres intentos hizo Shonagh, y con cada uno de ellos concibió una de las razas que hoy día pueblan las Tierras de Erin.

Puesto que la magia era energía que procedía de la voluntad de Niamh, Shonagh decidió forjar a sus criaturas inmunes a ella, y de esa forma evitar la influencia del caos. A sus primeras creaciones las llamó enanos, y les proporcionó conocimiento sobre la tierra y el fuego, para que fuesen duros como la roca y pudiesen manipularla a su potestad.

Pero Niamh vio que eran eternos, y que el fuego les daba fuerza, y la magia no provocaba el ellos cambio alguno. De modo que creó el tiempo, y los hizo envejecer y morir.
Los enanos eran fuertes, pero el tiempo transcurría, y así como eran inmunes a la magia y al manifestar caótico de Niamh, no lo eran a los días, los meses y los años.

Shonagh, desde el infinito, observó lo que era el tiempo, y el efecto que tenía sobre sus criaturas, y comprendió que, haciéndolos inmunes a lo que consideraba el estigma del caos, solo los había hecho vulnerables, más débiles a las intrigas de Niamh.
De forma que Shonagh, habiendo aprendido de todo aquello, utilizó sus conocimientos sobre el universo y sobre el caos, y con todo ello, creó a los humanos.

El agua erosionó la tierra que les daba forma, el fuego la transformó en carne, y el viento les insufló la vida que haría latir sus pechos.
Los creó ignorantes, vacíos de todo conocimiento, como campos vírgenes a la espera de que el mundo los instruyera a voluntad. Viendo que a los seres mágicos que Niamh había creado no les afectaba el tiempo, Shonagh decidió otorgarles la capacidad para manipular la energía generada por el caos, y por lo tanto, la capacidad de hacer magia.

Pero Niamh era antigua y sabia, y sus conocimientos habían crecido en el transcurso de las eras. Supo que eran vulnerables, y utilizando su poder, proporcionó a los humanos sus sentimientos. Les dio el amor y el odio, la ira, la envidia y la avaricia, la pereza, la lujuria y el orgullo, tornándolos tan volubles como el caos que manipulaban.

Shonagh vio lo que había sido de sus criaturas, y reconociendo su error, quiso intentarlo de nuevo.
En crear a esos nuevos seres tardó siglos, que ocupó en observar las tierras de Erin y a sus habitantes. Los longevos enanos, con su fuerza y su amor por la tierra y la roca, creando tesoros a partir de los minerales más extraños que podían encontrar. Y los humanos, ávidos del conocimiento que les había sido negado, evolucionando con lentitud, multiplicándose y poblando el continente al completo.

Cuando creyó Shonagh que por fin estaba preparado, de su orden interior creó a los elfos. Creó sólo a cuatro parejas, macho y hembra, otorgando a cada una conocimientos sobre un elemento concreto. Les dio capacidad para comunicarse entre ellos, permitiendo que aprendieran los unos de los otros y formaran un pueblo unido que no se distanciara por guerras ni disputas.
Los hizo mágicos en sí mismos, pero sin capacidad para manipular el caos, de forma que Niamh tampoco pudiera manipularles a ellos. Permitió que el tiempo alterara sus vidas, pero de forma tan leve, tan sutil, que fuese apenas perceptible para cualquier otro ser mortal.

Creó a la criatura perfecta.
Y entonces llegó Niamh, y les dio libre albedrío.

sábado, 20 de abril de 2013

La bruja de los pantanos


Su familia llevaba viviendo en los pantanos durante décadas.
Se dejaban ver poco por los aldeanos, a los que solo visitaban las ocasiones justas para proveerse de los enseres que no podían procurarse ellas mismas.

Vivir alejadas de la comunidad las convertía en extrañas, tanto para los lugareños como para los forasteros que de vez en cuando lograban atravesar las engañosas tierras para llegar a los pueblos pesqueros asentados allí.

Los rumores y habladurías hablaban de mujeres ermitañas con extrañas costumbres, de cultos extraños, de brujas.
Al menos, lo último era cierto.

La información que tenía acerca de su familia también era escasa. Lo que había llegado hasta ella estaba mal relatado, y probablemente distorsionado por siglos de relatos, leyendas y fanfarronadas.

Lo poco que había sacado en limpio hablaba de un antepasado suyo, muy anterior a instalarse en los pantanos de Rahasqa. Lo que no le quedaba muy claro era si se trataba de un hombre o una mujer. Le gustaba pensar que era lo último.

Fue ese antepasado suyo, el que, años atrás, había hecho un pacto con un Fata. O se había follado a un Fata. O ambas cosas. Ni su madre ni los libros se ponían de acuerdo en ese aspecto.

Pero aquello había creado un linaje de brujas, un linaje que se extendía hasta ella. Su madre le había dicho que desde que las memorias recordaban, todos sus antepasados eran mujeres. Mujeres que nacían de mujeres que nacían de mujeres. Los hombres eran pasajeros. Igual que su padre.

Reena no tenía la menor idea de la identidad de su progenitor, y no tenía ni un ápice de curiosidad por averiguarla. Su madre nunca le había hablado de él, y ella nunca le había preguntado. Lo único que sabía de él era que se trataba de un humano, dada la ausencia de rasgos de otras razas en su físico.

Solo había habido un hombre cercano a ella en su vida, el único amigo que había tenido nunca. Guardaba aún recuerdos de cuando era niña, y jugaba con su hermano entre las enormes hojas que surgían de la maleza mientras su madre pescaba o se acercaba al pueblo para visitar a los mercaderes.

La había visto aprender a andar, y enseñado a usar su primer cuchillo, estaba delante la primera vez que se manifestaron sus poderes, y también en su primer accidente, cuando casi hace explotar la caravana de un comerciante local que pasaba cerca de la cabaña.

Pero Nièll se había marchado con once años, cuando ella sólo tenía siete, y aunque al principio se había escabullido hasta la aldea de pescadores para visitarle de vez en cuando, pronto sus entrenamientos con la magia y sus quehaceres en casa la habían impedido volver.

Su hermano encontró una nueva familia, y, según tenía entendido, había llegado a capitán de la guardia con tan solo veinte años. Hacía tanto tiempo que no le veía que dudaba poder reconocerle si se lo encontraba frente a frente en aquel momento.

Pasó años entre el aprendizaje de las artes arcanas, la alquimia y las artes de la caza y la pesca, indispensables para poder sobrevivir en el pantano. Durante todo ese tiempo permaneció sola con su madre, estudiando, cazando y comerciando esporádicamente con aldeanos de los pueblos cercanos a cambio de  los pocos enseres que no podían procurarse ellas mismas.

Fueron años tranquilos, a pesar de todo. Ningún cazador se acercaba demasiado a sus tierras, y ellas no salían del pantano excepto una o dos veces al año, para vender género en la ciudad más cercana. Jamás habían tenido problemas. Hasta el día de su decimosexto cumpleaños.

Aquella noche la despertó un calor asfixiante dentro de la cabaña. Estaba todo lleno de humo, y apenas podía respirar o ver con claridad. A su lado, su madre yacía inconsciente, tendida en su lecho.

No tenía la menor idea de cómo se había iniciado el fuego, pero se había extendido tanto que apenas podía vislumbrar la puerta a través de las llamas. Con esfuerzo, logró sujetar a su madre por los brazos, arrastrándola a través de los escombros y las cenizas hasta llegar a la salida.

Agotada por el esfuerzo, se dejó caer de rodillas ante las ruinas llameantes de lo que hasta entonces había sido su hogar. Notó un golpe seco y lacerante en la nuca, justo debajo de la base del cráneo.
Luego, todo se volvió negro.

sábado, 18 de agosto de 2012

Ébano

Ébano

El espejo le devolvía una imagen menuda, pálida y delgada, apenas mucho mayor que una niña de 8 años. Tenía el pecho plano, y las caderas demasiado rectas para parecer una mujer. Los cabellos, largos y lacios, le caían por debajo de los hombros de un rubio tan blanco que parecía que la Luna había acampado en ellos. Un blanco níveo, tan puro como el del vestido de lino liso y de falda corta que cubría su desnudez.

La muchacha obsequió a su reflejo con una mueca desagradable, alzando la barbilla con orgullo ante la afrenta que tenía ante ella. Sus ojos sin iris, brumosos como las nieblas matutinas, se entrecerraron con odio y rencor, llenos de rabia sin un rumbo fijo. Tenía 16 años, y su aspecto era el de una mocosa que ni siquiera había sangrado por primera vez.

Apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en la carne, y finos hilillos de sangre recorrieron su piel hasta caer como lágrimas sobre el suelo de mármol. Una doncella delgaducha y de cabellos pajizos se acercó corriendo a ella con expresión horrorizada.

- Alteza, estáis sangrando!.- Exclamó con aquella voz chillona que tenía, cogiéndole las manos con delicadeza para limpiarle las marcas rojo oscuras con un pañuelo blanco de seda.

Ébano se zafó de ella con un gesto brusco. Hubiese puesto los ojos en blanco, si pudiera. Alteza. Ja. Esa era ella. Ébano, princesa de la Aguamarina, heredera de la corona que durante siglos había ceñido las frentes de los Reyes de las aguas. Y apenas podía montar a su yegua sin que la ayudase un mozo de cuadras. Patético.

Su madre, tratando en vano de no atraer la atención sobre su tamaño, la hacía acompañar siempre por criadas jóvenes, de no más de 12 o 13 años de edad. Pero al contrario de lo que cabía esperar, a Ébano aquello solo le recordaba su propia desgracia. Cada vez que miraba a una de las muchachitas encargadas de vestirla, peinarla o darla de comer, se veía de nuevo en el espejo, frente al reflejo de una pequeña de piel pálida y cabellos translúcidos, a pesar de que, según las leyes del reino, ya había alcanzado la mayoría de edad.

Ignorando por completo a la niña que trataba de convencerla para limpiarle la sangre de las manos, se dio la vuelta y se dirigió a la enorme puerta de entrada a sus aposentos. Necesitaba dar un paseo.

El castillo que servía de residencia a la familia Aquamarine era tan grande que podía haber acogido a un regimiento de diez mil soldados, dada la ocasión. Se trataba de una fortaleza de dimensiones gargantuescas erigida en el borde de un acantilado de 30 metros de altura, a merced del viento y las olas que lamían los salientes rocosos con cada subida de la marea.

En el interior, más allá de las puertas de la ciudadela fortificada, una llanura terrosa y salpicada de pequeños huertos y granjas se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Eran los vasallos de los señores del Agua, que vivían en el interior de la fortaleza. Agricultores, ganaderos, carniceros, panaderos y herreros, todos se amontonaban en las cabañas de adobe y madera que daban forma a las callejuelas y los barrios obreros de Ilequa.

Ébano se escabulló entre los guardias que patrullaban las puertas principales del ala principal del castillo. Su tamaño al menos tenía ciertas ventajas. Si no fuera por el anillo de cornalina y turquesa que llevaba siempre en el anular izquierdo, nadie habría pensado que se trataba de la heredera de la familia.

El viento soplaba débilmente dentro de los muros de la fortaleza, impregnándolo todo de un fuerte olor a sal. Los mercaderes habían colocado sus puestos en la enorme plaza enfrente de la capilla, y los nobles y ricachones que vivían en aquel lado de los muros paseaban con las cabezas erguidas, observando la mercancía y probándose joyas de tanto en tanto.

La niña suspiró, con la mirada nebulosa fija en las enormes puertas abiertas que daban paso a las zonas más pobres de la ciudad, tras la primera muralla. Si tan solo pudiera cruzar… Pero era imposible. Su regia madre jamás la dejaría salir del castillo, era demasiado peligroso.

La heredera del Agua no debe mezclarse con el populacho, la decía una y otra vez, es demasiado peligroso. La familia del fuego, gobernantes de Ardea, no dejarían pasar una oportunidad para deshacerse de la primogénita de los Aquamarine.

Lo que su madre no entendía, es que le importaba poco lo que intentaran hacerle los nobles del fuego. Probablemente, una vez descubrieran lo patética que era, se contentarían con encerrarla en unas mazmorras y dejarla morir de hambre, o pedirían un rescate por ella a su familia. Un rescate que estaba convencida de que no pagarían.

Pateó un guijarro tratando de lanzarlo en dirección a la aglomeración de gente congregada en torno a los tenderetes de los comerciantes. Se perdió entre la multitud, su anillo tallado prudentemente escondido en uno de los bolsillos de su vestido blanco.

miércoles, 16 de mayo de 2012

La Luna en la Tormenta

La lluvia golpeaba insistente las enormes vidrieras de colores que decoraban inertes los ventanales de la catedral. Las escenas inmortalizadas en sus mosaicos mostraban escenas de increíble belleza, donde galantes caballeros de brillante armadura rescataban a princesas de las garras de feroces dragones hambrientos, o generosos reyes recibían visitas en salones majestuosos recubiertos de tapices de seda.

La tormenta mantenía a los aldeanos en el calor de sus hogares, indiferentes a lo que ocurría en las oscuras calles de la ciudad. Los truenos retumbaban entre los pequeños edificios de adobe y piedra, mientras rayos relampagueantes alumbraban aquí y allá, iluminando pequeños retazos de historia.

Indiferente a lo que ocurría en el interior de las casas, una figura encorvada se acercaba por las callejuelas cenagosas a la catedral. Iba envuelta en una capa de lana raída, y en sus manos sujetaba un bulto envuelto por mantas que mantenía fuertemente apretado contra su pecho.

La silueta llegó a las puertas del templo a trompicones, empapada, pero en pie. El fardo que llevaba entre los brazos se hacía pesado, pero se negaba a dejarlo allí, a la intemperie, sin nada que lo protegiera del viento tal y como llevaba haciendo ella desde que salieron del poblado. Pero al final, sabía que no podía quedárselo.

Las lágrimas que le surcaban el rostro no se distinguían entre las gotas de lluvia que corrían por sus mejillas, deslizándose como cataratas tras un abismo. Bajo la capucha, mechones de cabello rubio, casi blanco, se filtraban para moverse al son del vendaval que asolaba la región desde hacía días.

Protegiendo la preciosa carga con su cuerpo, hizo sonar las aldabas de hierro forjado que pendían de las inmensas puertas de la catedral. Dejó el bulto en el suelo, cubierto por gruesas lanas que apenas dejaban entrever su contenido.

Habría salido corriendo, pero no le dio tiempo. Antes de que pusiera un pie fuera del pórtico de piedra del templo, los goznes chirriaron, y la madera comenzó a moverse renqueante arrancando agudos lamentos al suelo embarrado de la escalinata.
La figura levantó la cabeza, paralizada. El terror que se dibujaba en sus ojos de plata se centró en el muchacho de apenas 15 años que la observaba desde la entrada.

Un grito desgarró la noche, alzándose sobre los truenos y la lluvia torrencial. Tras el joven comenzaron a oírse pasos, decenas, cada vez más cercanos, amenazando con evitar la huída inminente de la figura que, aún inmóvil, permanecía bajo la tormenta.

Un llanto cristalino emergió del fardo de tela, prestando al negro desconocido una oportunidad única que no podía desaprovechar. Y mientras el niño y los monjes que corrían a su encuentro se agolpaban alrededor del bebé que yacía a los pies de la catedral, una mujer de cabellos blancos nacarados y orejas puntiagudas contemplaba la escena desde la distancia, oculta entre las sombras de la tempestad.

lunes, 14 de mayo de 2012

La Tienda Escondida

Llevaba horas en aquella posición, contemplando las ondas que formaban los peces de colores al nadar en el estanque. Porque no miraba el agua, limpia y transparente ni los pequeños animales que aleteaban juguetones de lado a lado de la laguna. Simplemente observaba las finas líneas que se dibujaban cada vez que uno de los diminutos pececillos se acercaba con cautela a la superficie.

De vez en cuando extendía el brazo, con la palma abierta, como si quisiera acariciar el invisible escudo protector que su mente imaginaba suspendido a pocos centímetros del lago. Mantenía la mano ahí, durante largos ratos en los que las yemas de sus dedos casi rozaban la superficie. Pero nunca llegaba a tocar el agua. No, eso espantaría a los peces.

La piel azulada resplandecía con la luz del sol de mediodía, que se filtraba zigzagueante a través de las cortinas de la amplia habitación. Era una estancia extraña, al igual que el resto de la tienda. Completamente construida de madera, con aquél enorme lago artificial rodeado de rocas de río justo en medio, donde ella suspiraba por volver a su hogar.

El dueño sabía que necesitaba el agua. Incluso había traído peces para ella, esperando que la hicieran compañía. Pero no era lo mismo. La cadena de metal que la mantenía aprisionada la privaba de toda su energía, de su magia. No podía nadar con grilletes en sus tobillos. No podía caminar, alejarse más de unos metros de la pared.

Los cabellos azulados de la mujer comenzaban a secarse, y sus ojos azules, profundos como el océano, se apagaban poco a poco, igual que el brillo de su piel. Si no podía ser libre, se secaría como una hoja en otoño después de caer. Las náyades no estaban hechas para vivir encerradas en una pecera.

lunes, 19 de marzo de 2012

Romper un Mito

Siempre ha existido esa creencia absurda, ese mito arcano acerca del bien y del mal. Esa insistencia al pensar que todo el mundo guarda en su interior una parte buena y un lado oscuro que luchan entre sí por el total control de una conciencia. La conciencia humana.

¿Quién no ha imaginado alguna vez al pequeño angelito que posa cual modelo escultural en el hombro derecho, susurrando palabras serenas al oído de su huésped mortal? O al demonio del mismo tamaño, que desde el otro lado de la cabeza increpa a su antagonista pavoneándose con sus cuernos afilados y cola rojo carmesí.

Debe de ser esto lo que la gente normal identifica con la moral. La eterna lucha interna para decidir si algo es políticamente correcto o por el contrario una aberración monstruosa producto de los más salvajes instintos.

En realidad, aceptémoslo, todo esto no es más que una tontería poco elaborada que los dibujos animados utilizan como recurso humorístico para divertir a los más pequeños. Ese dios al que tanto adoran, ¿Para qué iba a crear ángeles y demonios tan pequeños? ¿Para jugar a los pin y pon? Para eso tiene al ser humano.

Sin embargo, dicen que siempre hay algo de realidad en los mitos, y este caso no iba a ser una excepción.
Lo descubrió al conocer a Innara.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Cartas al Horizonte

Hermana, temo que esta sea la última carta que te escriba.
No te asustes, estaré bien, no ha ocurrido nada grave. El General ha prohibido a los mensajeros salir del campamento Radhërn debido al aumento de los ataques de los bárbaros en los alrededores de los Lagos Etéreos.

No estamos seguros de a qué se debe esta actividad inusual, pero parece bastante plausible que los Tjarlhems estén intentando capturar vivos a nuestros soldados para obligarles a desvelar la posición de las tiendas de los comandantes. Todo aquel que haya vivido una guerra sabe que un ejército sin líder es como un hormiguero sin reina.

La pequeña Deirdre sigue al cuidado de Zoe, que no la pierde de vista un solo segundo. Ha aprendido a hablar un poco nuestro idioma y ya sabe expresarse como cualquier otro niño de su edad, así que resulta mucho más fácil comunicarse con ella. Nos ha contado cómo llegó al campamento, siguiendo a Storgk desde su aldea natal. Parece ser que los Tjarlhems están divididos en varias tribus, y solo dos de ellas son las que luchan contra nosotros. A la familia de Deirdre la asesinaron por no prestar ayuda en las batallas.

Ahora, gracias a las pequeñas cosas que nos ha ido enseñando la pequeña y a la información que nos facilita sobre los diferentes clanes Tjarlhem, parece que la lucha comienza a decidirse en nuestro favor. Cada vez somos menos las Ièries necesitadas en los campos de batalla, porque los guerreros bárbaros evitan el enfrentamiento directo, y estamos más dedicadas a la protección mágica del perímetro o, aquellas con la habilidad, de curar a los heridos que vuelven de las misiones.

Althea acaba de entrar en nuestra tienda. Lleva a Storgk con ella, cada día está más grande. Espero que pronto deje de crecer, o tendremos que salir nosotras para que pueda dormir guarecido. Ya casi mide lo mismo que yo.
Les he mandado a las demás tus saludos. Están todas deseando verte, y poder contemplar lo mayor que te has hecho en nuestra ausencia. Yo les he contado como cuidas de Madre mientras no estoy, y que te ocupas de mis responsabilidades en el templo. Estamos todas muy orgullosas de ti, Ianthe.

Desde hace unos días no tengo nada que hacer, así que me estoy tomando mi tiempo para escribirte por última vez. El General ha dado tanto tiempo de tregua para enviar paquetes como yo necesite para terminar. Así que de vez en cuando, mientras salgo a por más tinta o a cambiar la pluma de cuervo con que escribo, soldados de todo el campamento vienen a asegurarse de que aún me quedan cosas por contarte. Resulta un poco irónico, ¿no crees?

Aparte de esto, lo único en lo que puedo ocupar el tiempo es reforzando la barrera de niebla que nos envuelve, ya que es mi elemento esencial. Tengo suerte de que los valles de Thyal parezcan estar siempre hundidos en la bruma, y mi magia es mucho más efectiva que la de cualquiera de las demás Ièries.
Como ya no podemos salir, mis excursiones en busca de rarezas que poder llevaros a Madre y a ti han finalizado sin que encontrara nada lo suficientemente peculiar para que llamase mi atención.

Hace dos noches me escabullí de la tienda con Althea y Storgk, y nos fuimos a dar un paseo por las orillas de los lagos. Sé que fue peligroso, y que podía habernos caído una buena reprimenda de habernos visto algún soldado. Pero no te imaginas la belleza de las aguas cuando las estrellas no salen para iluminar el cielo. Solo con la luz de la luna, los peces nacarados que nadan en las profundidades de los Lagos Etéreos lanzan destellos que los hacen parecer de plata.
Pensé en llevarte uno hace mucho tiempo, pero no he encontrado ninguna pecera para poder atraparlos.

Cuando la pequeña Tjarlhem supo que quería llevarte algo, me llevó a la zona más apartada del campamento, cerca de las laderas de las montañas. Allí, en unas cuevas tan oscuras como los ojos del Ávyssos, viven unos minúsculos seres que tejen sueños con los hilos del ocaso. No estoy segura de cómo lo consiguió, pero tengo guardado en mi arca un vestido precioso de tintes iridiscentes. Lo hicieron para ti, porque ella se lo pidió.

Estoy deseando que acabe esta guerra para poder entregártelo con mis propias manos, hermana, porque sé que te encantará cuando lo veas. Estoy segura de que una vez te lo pongas, te quedará como una segunda piel.

Espero volver pronto.

jueves, 1 de marzo de 2012

Cartas al Horizonte

No sabes cuanto me alegro de recibir noticias tuyas, Ianthe. No pensé que mi carta fuera a llegar a su destino. Incluso aún cuando mantenía las esperanzas de que el mensajero hubiese sido capaz de entregártela, no esperaba recibir tu respuesta hasta pasada la primavera. El soldado ha hecho bien su trabajo.

Siento que Madre esté tan preocupada por mí. Quédate junto a ella, y dile que todo saldrá bien, que no me pasará nada. Dile que el General piensa que todo habrá acabado antes del próximo invierno, y que le llevaré especias, tintes y telas exóticas para sus vestidos. Dile que no me extrañe. Que todo volverá a ser como antes.

Cuéntale historias de faunos y ninfas, como las que nos narraba por las noches cuando éramos niñas; con finales felices y sueños cumplidos, para que no se preocupe por el final de la guerra que libramos aquí en el norte. No te alarmes tú tampoco. A pesar de que los bárbaros siguen con sus estrategias fulminantes, y nuestras pérdidas se cuentan por los cientos, nuestro último ataque hace poco más de dos semanas los ha mantenido en letargo hasta hoy, y el General calcula que tardarán en recuperarse del golpe aún algo más de tiempo.

Los animales por aquí ya no se ven tanto como antes, debe de ser por las continuas batallas que se libran en la zona. Y sin embargo de vez en cuando, tras largos períodos de paz, incluso los predadores vuelven a aventurarse por los campamentos. Cierto es que aparecen en pequeños grupos, como los greenwolds, a los que parece gustar el agua de manantial que brota de los Lagos Etéreos, y que son fáciles de ahuyentar con una antorcha o una simple esfera de luz, pero sigue siendo peligroso cuando algún cadete sale solo o se queda rezagado lejos de las hogueras.

Oh! ¿Recuerdas que te hablé de Storgk? Aquel animalillo de pelaje suave y grisáceo que Althea adoptó el invierno pasado. Ha crecido un montón. Cuando lo recogí no era más que un pequeño bulto con forma de lobato y patas demasiado grandes para su tamaño. Ahora le han crecido las orejas, su pelo es más brillante y azul, casi celeste, y me llega casi a la altura de las rodillas. También come muchísimo. Como las provisiones son escasas aquí, las Ièries hemos tenido que fraccionar nuestras raciones para poder alimentarle, sobre todo cuando el tiempo era más crudo y la caza se reducía casi a la nada por los alrededores.

Hace tres noches, Storgk volvió de su paseo nocturno con un regalo para nosotras. Se le veía contento, y muy cariñoso, y creíamos que habría encontrado una hembra de su especie hasta que el animal se acercó lo suficiente a las tiendas para que pudiésemos distinguir a una niña sentada en su lomo. No tendría más de cinco años, tenía la piel muy morena y los cabellos cobrizos con brillos dorados trenzados hasta las caderas.

Al principio no sabíamos que hacer. Tú entenderías la situación, es una niña Tjarlhem que apareció en el campamento Rhadërn montada en uno de los animales que acostumbraban a merodear por aquí. Los soldados temían que se hubiera escapado, y su aparición en nuestra base supusiera un ataque de los bárbaros antes de lo esperado. Teniendo en cuenta que nuestras tropas tampoco se habían recuperado del todo, el resultado podría haber sido desastroso.

Al final, después de unos días intentando comprender el idioma de la niña, se hizo patente que los Tjarlhems no nos atacarían para recuperarla. Aún hoy la mantenemos en el campamento, a salvo de los peligros que envuelven los valles de Thyal. Zoe, la más pequeña del grupo, ha sido la encargada de cuidar de la pequeña. Hemos aprendido mucho gracias a ella, y parece que hemos conseguido enseñarle algunas cosas básicas de nuestra lengua.

Las tardes más calurosas, mientras merendábamos al aire libre, descubrimos que Storgk y la chiquilla se habían cogido tanto cariño que era casi imposible separarlos. Juraría que Althea estaba celosa del triunfo de su mascota, pero cuando los dos corrieron a abrazarla en medio del prado no pudo disimular la ilusión. La verdad es que la Tjarlhem no confiaba en nosotros. Las Iéries parecíamos asustarle menos que los soldados, pero aun así nos costó muchísimo que dejara de esconderse cuando nos acercábamos.

Ayer por fin conseguimos que nos dijera su nombre. Se tocaba el pecho con su minúsculo puño cerrado, y repetía “Deirdre” una y otra vez. No sabíamos lo que quería hasta que repitió lo mismo con Zoe y con Irene. También nos enseñó el nombre que le daban a la raza de Storgk, algo así como Gwningen. Ahora me resultará más fácil llevarte uno cuando vuelva.

martes, 21 de febrero de 2012

Cartas al Horizonte

Ante todo, siento la cera tan tosca que he utilizado para sellar el pergamino. En este momento no tengo absolutamente nada más apropiado a mano, ya sabes como son los campamentos militares de Radhërn, y necesitaba grabar el sello para que supieras con certeza que soy yo quien escribe la carta.

Últimamente, apenas nos atrevemos a enviar mensajeros con información táctica a los pequeños batallones que rodean los Lagos Etéreos, pues una manada de greenwolds merodea por la zona atacando a los emisarios del General. Eso ha hecho mucho más difícil conseguir hacerte llegar la misiva. Incluso ahora, sentada frente al soldado que se encargará de llevarla y custodiarla con su vida para poder entregártela intacta, siento que tengo pocas probabilidades de que llegues a leer estas palabras.

La verdad es que hemos perdido infinidad de exploradores en estas tierras baldías. Unos, muertos por la fiebre, delirando durante días antes de cerrar los ojos al mundo; otros, devorados por las bestias, y los más afortunados, aunque cueste creerlo, fueron aquellos asesinados por nuestros enemigos en los campos de batalla o las incursiones al campamento.

Aquí, en el norte, todo parece blanco. La temperatura es baja y húmeda, y hace tanto frío que por las noches hemos de taparnos con varias pieles de klishveen para poder mantenernos vivos. Por suerte, el Korvus nos advirtió de las penurias que tendríamos que pasar, y nos trajimos decenas de carretas con mantas y ropa de abrigo. Con eso y lo que hemos podido conseguir cazando a los animales de la región, hemos logrado que muchos de los enfermos se recuperen.
Para otros, sin embargo, era ya demasiado tarde.

Las medicinas escasean. La nieve y el hielo impiden crecer la mayoría de las plantas necesarias para elaborar los remedios más básicos, y las pociones que trajimos con nosotros están racionadas hasta la última gota. Espero que las provisiones lleguen pronto, o más de la mitad de nuestra gente no llegará con vida a la próxima cruzada.

Creo que ese es el objetivo de los Tjarlhems. Esperar a que muramos de frío, de hambre o devorados por los incontables monstruos que pueblan este suelo maldito. Entonces, cuando apenas queden decenas de hombres agonizantes tratando de sobrevivir, se abalanzarán sobre nosotros como los perros sanguinarios que son.
Pero se equivocan si piensan que vamos a esperar a que den el primer paso.

Sabes que no puedo contarte las estrategias que sigue el General, por si esta carta cayera en malas manos, pero puedo prometerte que ganaremos esta guerra. Sus hechiceros no tendrán nada que hacer contra los devastadores conjuros de nuestros magos, ni contra la bruma que se desatará contra ellos durante 20 días y 20 noches en las que su visión quedará reducida a la nada.

Pero no quiero aburrirte con maniobras militares.
Mejor te cuento como son los valles nevados de Tyahl, cuando amanecen bañados por el rocío de las mañanas, o por la noche cuando las Damiselas florecen a lo largo de los caminos. Claro que también hay fauna nocturna, pero, al contrario de lo que esperábamos, la mayoría resulta inofensiva.
Anoche encontré un pequeño animal, peludo y de color gris azulado, con ojos verdes y unas garras enormes. Lo único que hacía era acercarse a que lo acariciáramos, así que Althea lo bautizó como Storgk. Prometo que descubriré como se llaman y te llevaré uno cuando vuelva a casa.

La verdad es que parece increíble que lugares tan bonitos estén habitados por bárbaros sin compasión. En cualquier otro momento estos valles me habrían parecido un paraíso, y en realidad no son más que un enorme cementerio que ansía llenarse con los cuerpos inertes de los caídos en esta guerra de razas.

Estos últimos días de invierno me he acordado mucho de ti, Ianthe. Sé que fue un duro golpe para ti que Madre no te permitiera venir al Dhokem, pero has de comprender que aún eres muy joven para acompañar a nuestro ejército en una empresa tan arriesgada. Antes de unirme a la expedición, ni siquiera yo había cruzado nunca la gran frontera de fuego. Fue una experiencia completamente nueva para mi, y he de reconocer que bastante desagradable.

Espero que no me guardes rencor por no haberte esperado, e incumplir la promesa que hicimos de niñas. Has de saber que fue una decisión dura, que deseé con todas mis fuerzas que pudieras venir conmigo o, al menos, que esas bestias hubiesen tardado más tiempo en atacar. Pero no fue posible. De modo que volveré. Y esta es una promesa que si pretendo cumplir.

lunes, 19 de diciembre de 2011

La Magia Escondida

El callejón estaba tan oscuro que ni siquiera los haces de luz de las linternas lograban traspasar las sombras que se arremolinaban en las esquinas. Un farol fundido colgaba de forma precaria de un soporte fijado en el muro de piedra, zarandeado por las ráfagas de viento que formaban remolinos en la estrecha calle sin salida.

El ajado cartel que anunciaba el nombre de la tienda apenas se distinguía a través de la pequeña ventana de cristal opaco que ocupaba el centro de la puerta. El polvo que se acumulaba en las junturas y el color terroso de la vieja lámina de cartón hacían aún más complicada la lectura de las desgastadas letras capitales.

Las risas entrecortadas de dos muchachos hicieron eco en las paredes de ladrillo de la callejuela. Las dos figuras estaban medio escondidas, de cuclillas tras una pila de cajas de cartón a la entrada de la calle. Era obvio que trataban de ocultarse, probablemente de alguien en la principal que estaba pendiente de ellos.

- Ahí es!- La voz infantil hizo eco en el callejón.

Una muchacha de apenas 12 años se adentró en el oscuro pasillo, mirando nervios por encima del hombro como ocultándose de un posible perseguidor. La melena castaña y lisa, cortada en diagonal desde la nuca, le cayó rebelde sobre los ojos cuando se agachó para ocultarse de los caminantes que aún quedaban en la calle principal.

Tras ella, un joven de su edad, de cabellos revoltosos y ojos traviesos, la empujó suavemente obligándola a caminar.

- Vamos Adhara.- Susurraba inquieto.- Entra.

La niña asintió. Como imitando alguna película de agentes secretos en la que el héroe debe derrotar a su enemigo de la forma más discreta posible, la chiquilla se enderezó y pegó la espalda a la pared de ladrillos. Giró la cabeza hacia su amigo con una sonrisa, y poco a poco, comenzó a avanzar en dirección a la destartalada entrada de aspecto siniestro que decoraba el centro del callejón.

La campanilla que colgaba del techo tintineó ruidosamente cuando los dos niños entraron en la tienda. Se miraron nerviosos, con una mezcla de miedo y emoción tintada en los ojos almizclados de ambos.
Era un cuarto pequeño y oscuro. La luz de la minúscula lámpara colgada en la callejuela apenas iluminaba el rellano de la tienda, estrecho y repleto de estanterías y armarios llenos de los más extravagantes objetos.

- Te esperaba, muchachita.- Una voz grave y ronca resonó en la parte trasera de la habitación.

Adhara dio un respingo, y sus dedos se cerraron como garras en torno al brazo de su compañero.
A su alrededor se dispensaban infinidad de libros de aspecto antiguo y pequeñas botellas de vidrio multicolor guardando en su interior algún líquido que no llegaba a identificar con exactitud.

- A…A mi?.- Preguntó la niña confusa, temerosa de dar un paso más.

Tenía la puerta a su espalda, donde su amigo aun la mantenía abierta. Era difícil decidir cuál de los dos estaba más asustado. Pero aquello era lo que habían estado buscando, la pequeña tienda de magia que aparecía y desaparecía a su antojo, nunca dos noches en el mismo lugar. Les había costado dar con ella.

No, no saldría corriendo. No después de haber logrado entrar, no después de todo el trabajo que les había llevado dar con ella.
Aspiró hondo y dio un paso al frente, internándose en la oscuridad penetrante de la habitación.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Eyden

En el fondo, era inevitable que se diese cuenta.
Ante todo, él la había creado, y no podía negar el vínculo que le unía a ella. Aunque lo hubiese intentado durante siglos.

Cuando Lillith se sumió el aquel letargo que a duras penas la mantenía con vida, el vampiro había perdido prácticamente toda conexión con ella. La sangre que circulaba por sus venas se había ralentizado tanto durante aquellos años que incluso, durante unos instantes, por su mente pasaron los más terribles pensamientos.

Por eso se acercaba de vez en cuando a la enorme casona victoriana, solo, se trataba de convencer, para asegurarse de que se encontraba bien. Y siempre estaba allí, dormida, en la misma posición que el primer día.

Pero entonces algo cambió en su sueño. Trataba de despertarse, y Eyden lo notaba. El vínculo que le unía a ella volvía a hacerse fuerte, insistente, empujándole hacia la muchacha que yacía tras las paredes falsas de su antigua mansión. Durante el trance que le había provocado el súbito despertar de Lillith, el joven había repasado mentalmente todos y cada uno de los problemas con los que podría encontrarse una vez saliera de su refugio.

Al contrario que él, la pequeña vampiresa no había conocido el comienzo de la tecnología, la evolución de los humanos tras la época que le había correspondido vivir. No conocía los logros de la civilización, ni tampoco los nuevos peligros que el mundo guardaba para ella. La preocupación le inducía a volver con su protegida más aún si cabe que la propia sangre que compartían.

La luna llena iluminaba la noche con un resplandor plateado, incidiendo con sus rayos en el punto exacto donde debía de encontrarse la antigua casona de la familia de Lillith. Eyden trataba de discernir la enorme silueta del edificio desde el cielo, entrecerraba los ojos intentando vislumbrar aunque fuese una pequeña sombra de lo que sabía que se encontraba allí. Pero ni siquiera su vista privilegiada le proporcionaba la más mínima pista.

Un rayo centelleó a lo lejos, advirtiéndole de la tormenta que se avecinaba. Pero ni la lluvia ni los truenos que amenazaban con reventarle los tímpanos eran lo suficientemente fuertes para aplacar sus ansias de ver a la pequeña Lillith. Su objetivo estaba demasiado cerca para que siquiera pensase en darse por vencido.

Y la culpa. El remordimiento. La responsabilidad de haberla convertido en lo que era, aunque fuera la única forma de salvar su vida. Sin su sangre, Lillith estaría muerta. Pero en cierto modo, lo estaba. Era cierto que aun caminaba, se alimentaba, dormía y despertaba. Pero su corazón ya no latía y ella ya no respiraba. Y aquello, en cierto modo, era culpa suya.

Llevaba siglos preguntándose a si mismo cual era la razón que le había llevado a hacer lo que hizo aquella noche maldita. Transformarla en un monstruo sin alma, arrebatarle el rubor de sus mejillas y el calor de su cuerpo a cambio de una eternidad de oscuridad que incluso el, habitante de la noche desde hacía tanto tiempo, aun aborrecía.

Aquella decisión, producto de un momento de debilidad, le atormentaba cada instante desde su partida. Se había marchado de su lado porque no podía soportar lo que había hecho, su egoísmo al querer conservarla a pesar de las terribles consecuencias que tendría su acción desesperada. Solucionar un acto egoísta con otro aún más cruel.

Un trueno resonó en el cielo a su alrededor, y el rayo que le acompañaba se descargó con furia contra las ramas de un árbol demasiado alto para su propio bien. El olor de la madera quemada penetró en sus fosas nasales sin previo aviso, recordándole el dolor de su propia piel quemada por la luz abrasadora del sol.

Por primera vez desde que salió de su hogar, a kilómetros de allí, Eyden dudó. No sabía lo que se encontraría una vez llegara a la mansión victoriana donde Lillith se había despertado.
Probablemente le odiaría.

domingo, 30 de octubre de 2011

Adhara

Adhara estaba sentada en un pequeño taburete, demasiado alto para una niña de diez años. Frente a ella, de pie sobre un escritorio de madera color caoba y con la cadera apoyada en un pisapapeles con forma de caballo alado, una muchacha diminuta la observaba en silencio. Tenía una larga melena rizada, negra como el carbón, y unas minúsculas alas nacían del hueco de sus omoplatos, de una oscuridad tan intensa que parecían absorber la luz de la habitación.

La pequeña la miraba con sus ojos castaños desmesuradamente abiertos, como si no pudiera creer lo que estaba viendo en aquel cuarto lleno de libros y objetos extraños. Y la verdad es que le estaba costando.

Dicen que todos los niños tienen fantasías de dragones, hadas y cuentos imaginarios. Pero ese no era su caso, nunca lo fue. Nunca había jugado con compañeros que nadie más que ella podía ver, ni echado la culpa de sus errores a alguna criatura fantástica salida de los cuentos de su niñez.

Siempre le habían dicho que era demasiado madura para su edad. Quizá tuvieran razón.

Y sin embargo allí estaba la prueba, justo delante de ella. Había llegado allí de casualidad, buscando algún libro interesante en la enorme mansión rústica de su abuela. Recordaba las historias que la anciana relataba años antes, cuando aún le emocionaban las leyendas y los mitos de caballeros, dioses y princesas y se reunía por las tardes con un pequeño grupo de chiquillos del pueblo para sentarse formando un corro sobre la alfombra de la biblioteca.

Pero creciendo en una gran ciudad donde su padre trabajaba como policía y su madre como mujer de negocios poco dada a utilizar la imaginación, era difícil alejarse de la cruda realidad incluso para una niña de tres años. La magia no era algo común en su vida.

Así que había crecido rápido. Solitaria, seria y mucho más responsable de lo que cabría esperar de una chiquilla como ella.

Luego, hacía poco menos de un año, su edificio había ardido en un incendio. Ni la policía ni los bomberos habían descubierto al culpable, y la versión oficial había sido una fuga en una de las cocinas del primer piso. Adhara solo sabía que para cuando llegó tras finalizar las clases, su casa tan solo era un montón de cenizas grisáceas entre escombros de lo que había sido un edificio de residencias adineradas.

Su madre había muerto en el incendio. No era raro que trabajase desde casa, y la declaración de los bomberos señalaba que nadie podría haberse dado cuenta de la fuga de gas antes de la explosión. Solo había sido un trágico y desgraciado accidente que se había cobrado demasiadas vidas.

Su padre, profundamente afectado por la muerte de su mujer, se había refugiado en el trabajo, y la había enviado a vivir con su abuela bajo la excusa de un trabajo peligroso y absorbente que no le dejaría tiempo para criarla el mismo. Era pequeña, dijeron, se adaptaría deprisa.

Tristes circunstancias para trasladarla al pequeño pueblo de York donde la anciana tenía su residencia, pero a la pequeña no le importó demasiado. Le gustaba su abuela, y aun recordaba los veranos con los niños de la villa y los cuentos e historias frente a la chimenea.

Además, al contrario que sus progenitores, la mujer no era tan estricta ni tan seria como aquellos con los que estaba acostumbrada a vivir. Y tenía una biblioteca enorme. Probablemente la enormidad de su biblioteca había sido la principal razón por la que no había puesto demasiadas pegas al dejar su colegio y su ciudad.

Lo que Adhara no había previsto, sin embargo, era que su pequeña mudanza supondría poner su mundo completamente del revés. Todo lo que había aprendido hasta entonces, la realidad, las fantasías, las verdades y las mentiras, todo se tambaleaba como si fuera el epicentro de un terremoto a escala mundial.

Porque allí estaba ella, sentada en un taburete demasiado alto para una niña de diez años, frente a una mesa de madera color caoba que presidía el extraño despacho de su abuela. Y mirándola con curiosidad, apoyada en un pisapapeles con forma de pegaso, había un hada diminuta cuyas alas oscuras como una noche sin luna no dejaban de moverse un solo segundo. Vestida con el pétalo de un lirio silvestre de un color blanco inmaculado que destacaba enormemente con sus ojos y su cabello.

Un hada de verdad.

Y la estaba viendo con sus propios ojos.

sábado, 3 de septiembre de 2011

El coleccionista de sueños

Iker

La pluma desgarraba el papel como si de una afilada daga se tratase. Aún incluso después de levantarla del cuaderno, podía ver las finas líneas de tinta terminando de secarse bajo el cálido sol de mediodía.

Le gustaba escribir con aquella estilográfica. Se sentía más inspirado cuando la usaba, como si le diese suerte o las musas se agolparan a su alrededor solo por el mero hecho de escribir a la vieja usanza.

Con una sonrisa pintada en el rostro, Iker dejaba volar su imaginación intentando crear una historia, una vida de ensueño que tomara forma poco a poco a medida que su diestra plasmaba palabras sobre el papel. Tapó la estilográfica y levantó la hoja a la altura de sus ojos, leyendo con detenimiento su trabajo de toda la mañana.

Un suspiro escapó de sus labios en el mismo instante en que pasó de la primera frase. No tenía fuerza. Ni gancho. Ni siquiera expresaba exactamente lo que él quería decir. Quedaba horrible.

Con un gruñido malhumorado, Iker arrancó la página del cuaderno y la arrugó entre las manos hasta formar una minúscula y compacta bola de papel. Mirándola con detenimiento y nostalgia, la lanzó al aire un par de veces para tantear el peso, y sin relajar los músculos de la mandíbula, empleó toda su fuerza para tirar el fragmento de historia los más lejos que el viento le permitió llegar.

Por primera vez en horas, el muchacho contempló el hermoso paisaje que le rodeaba, encerrado en su pequeño jardín de hierba artificial junto a la mesa de madera de cedro que utilizaba para escribir sus cuentos y el enorme aliso que se alzaba justo en el este de la valla, tapando la salida de sol. Era su pequeño rincón, su nido de inspiración. Pero en aquel momento no le servía de ninguna ayuda.

Con las manos entrelazadas detrás de la nuca, el joven alzó los ojos al cielo, buscando entre las nubes el dibujo de algún sueño perdido que poder rescatar y plasmar en un cuento. Se sentó en el césped, a la sombra de su árbol, pensando en los cientos de fábulas que tenía por terminar.

“La puesta de sol estaba teñida de añil, con matices violetas a la altura del horizonte.

A su alrededor, cada objeto, cada imagen, llevaba flotando tras de sí la descripción perfecta, como un espejo de palabras que reflejaba su esencia con total claridad. Pero Iker era incapaz de leerlo.

Las frases se veían borrosas, como si estuviese mirando a través de una gasa de fino lino, o de una cortina de humo reticente a dejarlo pasar. Y al fondo, entre las ramas danzantes de los arbustos que rodeaban su fantasía, la ilusión mas hermosa que había visto nunca, con forma de musa que escapaba entre los callejones de su mundo inventado.

El joven trató de perseguirla, pero sus pies estaban anclados en el suelo, sus piernas, rebeldes, no le obedecían. Con la garganta seca, observaba como la figura envuelta en amplias túnicas, ya fuera de su alcance, desaparecía entre los destellos del ocaso.

Tras él escuchó un estruendo. Apenas le dio tiempo a volver la cabeza cuando una voz, cuyo sonido flotaba en el aire como niebla plateada, le llamó por su nombre, provocándole escalofríos que le recorrieron toda la espalda. El hombre, encapuchado y con el rostro envuelto en sombras, le tendía una mano huesuda a través del velo de la realidad.

- Yo puedo ayudarte, Iker…- El desconocido de su sueño le inspiraba confianza. No sabía quien era, ni como era posible que un extraño apareciese en su subconsciente con tanta facilidad, pero, en realidad, sabía que solo era eso, un sueño.- La perfección es una meta imposible, muchacho. Yo puedo ayudarte a dejarlo ir… Solo te pediré a cambio un simple sueño.

El joven se mordió el labio inferior, pensativo. Si tan solo pudiera encontrar la manera de no tirar a la basura cada retazo de los relatos que escribía… ¿Qué era un sueño a cambio de aquello?

La delgada mano del anciano se hallaba ya a pocos centímetros de él. No sabía cómo ni en qué momento se había acercado tanto, pero lo veía con tanta claridad como se veía a sí mismo. Y sin embargo, sus rasgos seguían ocultos en la oscuridad de su capucha.
Iker sonrió. Sus manos se estrecharon, y en aquel momento, supo que podría conseguir cuanto se propusiese. El trato estaba cerrado.”


Bostezó, y se incorporó desperezándose. Sabía que se había dormido en la hierba, y que había soñado algo importante aunque no recordara absolutamente ningún detalle. Nunca recordaba sus sueños.

A pocos centímetros de donde se encontraba sentado, una arrugada bola de papel se zarandeaba enganchada entre dos ramas rotas que habían caído al suelo. Era la historia que había estado escribiendo al mediodía, aquella que había desechado por no convencerle del todo.

La alisó con esmero y la leyó un par de veces, inclinando la cabeza con ojo crítico. En realidad no estaba tan mal. Con eso serviría.

martes, 12 de julio de 2011

Estigia

Cuentan las Moiras que una noche, el hilo se quebró.
Esa noche, la Laguna se mantuvo en calma; las oscuras aguas quietas y tranquilas, y la torre de piedra que se erguía en su centro, imperturbable, abrió por fin sus sagradas puertas al mundo de los mortales.
Cuentan las Moiras que aquella noche, los titanes se revolvieron en su prisión.
Que los cielos estaban templados, y el Monte Olimpo dormía, y mientras las almas en vela se acercaban flotando a las negras orillas.
Cuentan que el creciente susurro de las ánimas se elevó sobre la Laguna como la niebla, rodeando los muros de la altísima atalaya y ascendiendo en espiral hasta llegar al mismo firmamento.
Que un trueno retumbó en el aire, y por un instante se paró el tiempo, y Morfeo en su desvelo supo que no era pesadilla alguna.
Cuentan las Moiras que en ese momento, los Dioses despertaron de su letargo.
Y que fue entonces, en ese instante, cuando una nueva Era comenzó.

jueves, 23 de junio de 2011

¿Te imaginas un mundo sin libros?

Esta noche he cenado en un chino.
He quedado con mi mejor amiga, despues del gimnasio, y nos hemos ido a cenar. La verdad es que ultimamente no la he visto demasiado, así que no hemos tenido mucha ocasión de hablar.
Pero supongo que de eso se trata la sobremesa, ¿verdad?

En realidad no se exactamente como hemos llegado a ese punto de la conversación. Estábamos prácticamente llenas, ya se sabe lo grandes que son los platos en los restaurantes chinos. Y baratos. Así que casi por dejar de comer, nos hemos puesto hablar de un montón de cosas. De ninguna en concreto, y de todas a la vez.
Hasta que a mí, en un momento, se me ha ocurrido la pregunta horrible que lleva martilleandome la cabeza desde entonces.

¿Te imaginas un mundo sin libros? Le he soltado de repente, con los ojos como platos. La verdad es que estaba asustada de que, precisamente yo, hubiera sido la autora de semejante idea endemoniada. A ella no le gusta mucho leer. A mi me encanta.

Se ha encojido de hombros y me ha mirado con esa mirada que tienen a veces los niños cuando no entienden de qué les estás hablando. Por mi ningún problema me ha dicho. Mi cara debía ser un poema. Me parecía inconcebible que me estuvieran diciendo eso, incluso siendo ella. Pero Ni siquiera estaba segura de que hubiese oído bien la pregunta. La idea de algo tan terrible retumbaba en mi cabeza como si en vez de libros estuviese hablando de una bomba nuclear y ella me dijera que no tenía importancia. ¿Pero de verdad te imaginas un mundo sin libros? He repetido por segunda vez ¿Te das cuenta de lo que se perdería si no existiera la palabra escrita? ¿Del conocimiento que desperdiciaríamos si nadie supiera escribir?

En ese momento me ha mirado muy raro. No se como describirlo, siemplemente ha sido raro.
Yo debía parecer idiota, con la expresión de una niña inocente que acaba de ver como un desgraciado decapita su preciosa muñeca de trapo. Me sentía exactamente así, como mínimo. Luego, he tratado de enfocarlo de otro modo.
Mira Le he dicho, mordiendome la lengua para no demostrar demasiado pronto lo que me importaba aquel tema. Aunque era una tontería, porque ella ya lo sabe. Es mi mejor amiga. Imagínate... No. Precisamente los libros tratan de eso, de imaginar. Una de las cosas que hace leer, es fomentar la imaginación. Rehice la frase, un poco mas centrada.

Le he puesto de ejemplo a mi hermano. Es incapaz de leer nada que tenga menos de un dibujo por capítulo, mucho menos una novela de las mías. Y mi argumento era sólido, mi hermano no tiene imaginación. De hecho, es el niño de once años más irritantemente realista que conozco. Se lo he dicho. Y tambien le he dicho que no tiene imaginación.

No como tú Me ha contestado, y ha arrugado la nariz, aunque creo que no se dio cuenta. Pero si tengo imaginación. Es que tu ves las cosas en cuatro dimensiones Yo, me he quedado un momento pensando como sería realmente ver las cosas en cuatro dimensiones. Solo conozco tres. Y yo las veo entre dos y tres Ha terminado de explicármelo y se ha echado a reir. No estoy segura de si se reía de mí o de lo que acaba de decir, que no tenia mucho sentido. O ves las cosas en dos dimensiones, o las ves en tres. ¿Como vas a verlo de las dos formas a la vez? ¿Los paisajes planos y los personajes en 3D? ¿O al revés?

Yo tambíen he sonreído, aunque no se porqué. Pero eso no era a lo que yo me refería. No lo entiendes Le he dicho No estoy diciendo eso. Lo que digo es leer un libro. La diferencia entre leer un cartel, colgado encima de una puerta, y leer una novela de fantasía. Era verdad. Pero a ella no le gusta la fantasía. A mi me apasiona. Cuando hablo de la imaginación, del arte de leer un libro, se me iluminan los ojos. No se, supongo que me meto tanto en la conversación que me olvido de que es simplemente eso, una conversación simple y llana.
El caso es que en ese momento, para mi ni era llana, ni tan simple de explicar como parecía.

Por ejemplo He vuelto a empezar, tratando de encontrar las palabras exactas que quería utilizar para que lo entendiera. Es como leer ese cartel de ahí y ver unas letras planas, o estar dentro y verlas delante, tan grandes que te doblan en altura. Señalé un cartelito a nuestra izquierda, e hice una cosa muy estúpida: Levanté las manos tan alto como pude, y me empecé a reir.

Ella se descojonaba. Me has recordado al niño de Charlie y la fábrica de chocolate Me ha dicho entre risas Cuando se mete en la tele y se queda tan pequeño como una chocolatina. No he podido evitarlo, me ha hecho reir otra vez.

No sé Empecé otra vez, mordiendome el labio. Aún no estaba satisfecha con mi explicación.
Probablemente por el símil con la película de Tim Burton, o tal vez porque la escena, aunque se acercaba, no era ni la cuarta parte de lo que yo quería transmitir. Leer un libro es meterte en la historia. No es solo leer, también lo ves. Lo vives. No poder hacer eso... Suspiré y la mire un momento. Mis ojos debían de describir bastante bien lo que pensaba en ese momento, porque asintió antes de que terminara la frase. Tiene que ser triste. Yo no podría hacerlo. O no querría.

En realidad, lo que quería decir es mil veces más complicado.
Leer, más que un pasatiempo, es un arte. La gente que no sabe leer me daba tanta pena en aquel momento, que casi pensaba que podría ponerme a llorar. Pero no es mi estilo.
No me entendais mal, no estoy hablando de leer en su significado explícito. No me refiero a leer una palabra, una frase, ni siquiera un periódico o esos textos tan insoportablemente aburridos y emotivos que narran la historia de algún desastre natural donde murieron millares de personas.
No estoy hablando de leer letras. Estoy hablando de leer libros.

Leer un libro es como ver una película. No, tampoco es eso. Leer un libro es mejor que ver una película.
Leer un libro es algo que todo el mundo debería hacer en la vida, pero de verdad. Si vas a leerte un libro como si fuera la sección deportiva, mi consejo es que vuelvas a dejarlo en la estantería y pongas el telediario. Al menos aprenderás algo.
Cojer una historia y enterrarte entre sus páginas es como abrir una puerta escondida, dejar que un montón de información entre en tu mente y empezar a construír una civilización a partir de ese minúsculo pedacito de información. Es como si frente a tus ojos no danzaran palabras, sino imágenes. Como si el mundo fuera de esa novela dejara de existir.

Me gustaría poder hacer eso. Me dijo ella, y de repente, me di cuenta de que había estado hablando en voz alta. Pero tengo demasiadas cosas en la cabeza. Puedo leerme una revista, porque se que después de terminar un artículo o dos, puedo parar y olvidarme de ella. Con un libro no. Me agobia. La miré sin entender al principio, y luego me encogí de hombros. Yo también tengo un montón de cosas en la cabeza Protesté Y me estoy leyendo tres libros a la vez Se que es una idiotez, pero en ese momento me senti orgullosa.

En realidad el orgullo duró poco tiempo, porque me miraba como si fuera un extraterrestre, y los de mi raza fuesemos capaces de mantener la mente vacía de todo excepto de lo que queríamos pensar en un determinado momento. En otras palabras: Como si tuviera la cabeza completa y enteramente vacía.
No puedo decir que esa mirada no me molestara, aunque solo fuera un poquito. Luego reconsideré mis opciones y decidí tomarmelo como un halago.

Cuando salimos del restaurante, logre convencerla para que me dejara leerle un trocito del libro que llevaba encima. Aceptó sin llevarme la contraria, creo que le di un poco de pena. Pero de todas formas me hizo ilusión.
Al final le leí un capítulo entero de una preciosa novela fantástica que cayó en mis manos por casualidad, El Nombre del Viento. Mientras leía para ella, la escuché reirse cuando yo sonreía, y soltar un taco cuando le contaba como al protagonista se le rompía una cuerda del laúd en medio del recital mas importante de su vida.

Cuando terminé de leer, me dijo que le había gustado. No puedo decir que no me hiciera ilusión.
De hecho, aún me dura.