martes, 9 de julio de 2013

Empresa familiar

Eve es la bruja del Bosque Esquivo.
Está intentando tomar el relevo de su abuela Hermenegilda, fallecida hace cosa de un año por atragantamiento con un hueso de rana durante su jornada laboral, lo que dejó el bosque sin bruja y a los aldeanos, confusos, sin saber dónde acudir en los días en que tocaba hoguera y turba furiosa.

Ahora Eve pretende iniciarse en el negocio familiar, aunque por desgracia, aun hace falta tiempo y práctica para que sus hechizos surtan el efecto deseado.

miércoles, 19 de junio de 2013

Génesis

Al principio todo era caos, y el caos cobró conciencia.
Durante eones reinó según su voluntad, y acumuló conocimiento suficiente para llenar el universo. Así, supo que su nombre era Niamh.

Pero en el interior de Niamh, el conocimiento se revolvía, libre y desordenado. Y en el centro de todo ese caos formado por saber y confusión, el orden encontró su lugar.
Porque había nacido del centro del caos, Niamh lo llamó Shonagh, y utilizó su conocimiento y le mostró sus dominios y lo que se encontraba en ellos.

Pero Shonagh era orden, y el orden no podía perdurar en el interior de Niamh. Siempre en conflicto, el caos y el cosmos luchaban por imponer su ley, creando y destruyendo, mientras que la energía pura de la que se alimentaban sus conciencias flotaba libre hacia los confines del universo.

Fue una de estas batallas entre los dos entes supremos la que, provocando una colisión mayor a cualquier otra que hubiese habido hasta el momento, originó la formación de Erin.

Al principio, el planeta no era más que una pequeña esfera de energía con el núcleo candente, tan compacto que casi parecía sólido. Pero Shonagh y Niamh lo vieron, y maravillados por su creación y el poder que guardaba, quisieron conservarlo y hacerlo evolucionar, insuflándole vida con la creación de los elementos.

Shonagh engendró el fuego abrasador, inmutable y poderoso, capaz de abrirse paso a través de cualquier obstáculo que encontrase a su paso. Y para contenerlo en aquel mundo que habían construido, creó la tierra, duradera e imperturbable, preparada para resistir el ímpetu del elemento ígneo.

Por su parte Niamh creó el agua, cambiante y fluida, enemiga natural del fuego, y para sembrar el caos entre los demás elementos, creó el viento. Y en medio de ese caos, los elementos llenaron el mundo, dando forma a los continentes y los océanos, las montañas y los lagos. Dando forma a las Tierras de Erin.
Pero la formación de la tierra generó energía, y la energía es la materia prima del caos. Nacieron así las primeras criaturas que hoy pueblan el mundo.

De la Tierra surgieron las bestias, y de las aguas y los ríos, los peces. El aire se llenó con el suave aleteo de las aves, y el fuego, queriendo presenciar el arte de la creación surgió de las montañas y se expandió por el mundo.
En el centro de Erin, aun ardiente, apareció la chispa de la magia, queriendo tocarlo todo. Y así, junto con el fuego, salió a la superficie e invadió el planeta y a sus criaturas, dando lugar a los Faèricos, para gobernar los bosques, los Anaèmos para reinar en los cielos, los Psariikos para poblar hasta el último rincón de los mares, y finalmente, a los Pyrènikos, para que dominaran al rebelde fuego.

Niamh observaba con deleite lo que por error había creado, y Shonagh, viendo lo que había hecho y que lo había hecho sola, supo que podía mejorarlo, y estudió con interés el planeta para intentar encontrar la clave de aquel fenómeno que llamaron vida.
Tres intentos hizo Shonagh, y con cada uno de ellos concibió una de las razas que hoy día pueblan las Tierras de Erin.

Puesto que la magia era energía que procedía de la voluntad de Niamh, Shonagh decidió forjar a sus criaturas inmunes a ella, y de esa forma evitar la influencia del caos. A sus primeras creaciones las llamó enanos, y les proporcionó conocimiento sobre la tierra y el fuego, para que fuesen duros como la roca y pudiesen manipularla a su potestad.

Pero Niamh vio que eran eternos, y que el fuego les daba fuerza, y la magia no provocaba el ellos cambio alguno. De modo que creó el tiempo, y los hizo envejecer y morir.
Los enanos eran fuertes, pero el tiempo transcurría, y así como eran inmunes a la magia y al manifestar caótico de Niamh, no lo eran a los días, los meses y los años.

Shonagh, desde el infinito, observó lo que era el tiempo, y el efecto que tenía sobre sus criaturas, y comprendió que, haciéndolos inmunes a lo que consideraba el estigma del caos, solo los había hecho vulnerables, más débiles a las intrigas de Niamh.
De forma que Shonagh, habiendo aprendido de todo aquello, utilizó sus conocimientos sobre el universo y sobre el caos, y con todo ello, creó a los humanos.

El agua erosionó la tierra que les daba forma, el fuego la transformó en carne, y el viento les insufló la vida que haría latir sus pechos.
Los creó ignorantes, vacíos de todo conocimiento, como campos vírgenes a la espera de que el mundo los instruyera a voluntad. Viendo que a los seres mágicos que Niamh había creado no les afectaba el tiempo, Shonagh decidió otorgarles la capacidad para manipular la energía generada por el caos, y por lo tanto, la capacidad de hacer magia.

Pero Niamh era antigua y sabia, y sus conocimientos habían crecido en el transcurso de las eras. Supo que eran vulnerables, y utilizando su poder, proporcionó a los humanos sus sentimientos. Les dio el amor y el odio, la ira, la envidia y la avaricia, la pereza, la lujuria y el orgullo, tornándolos tan volubles como el caos que manipulaban.

Shonagh vio lo que había sido de sus criaturas, y reconociendo su error, quiso intentarlo de nuevo.
En crear a esos nuevos seres tardó siglos, que ocupó en observar las tierras de Erin y a sus habitantes. Los longevos enanos, con su fuerza y su amor por la tierra y la roca, creando tesoros a partir de los minerales más extraños que podían encontrar. Y los humanos, ávidos del conocimiento que les había sido negado, evolucionando con lentitud, multiplicándose y poblando el continente al completo.

Cuando creyó Shonagh que por fin estaba preparado, de su orden interior creó a los elfos. Creó sólo a cuatro parejas, macho y hembra, otorgando a cada una conocimientos sobre un elemento concreto. Les dio capacidad para comunicarse entre ellos, permitiendo que aprendieran los unos de los otros y formaran un pueblo unido que no se distanciara por guerras ni disputas.
Los hizo mágicos en sí mismos, pero sin capacidad para manipular el caos, de forma que Niamh tampoco pudiera manipularles a ellos. Permitió que el tiempo alterara sus vidas, pero de forma tan leve, tan sutil, que fuese apenas perceptible para cualquier otro ser mortal.

Creó a la criatura perfecta.
Y entonces llegó Niamh, y les dio libre albedrío.

sábado, 20 de abril de 2013

La bruja de los pantanos


Su familia llevaba viviendo en los pantanos durante décadas.
Se dejaban ver poco por los aldeanos, a los que solo visitaban las ocasiones justas para proveerse de los enseres que no podían procurarse ellas mismas.

Vivir alejadas de la comunidad las convertía en extrañas, tanto para los lugareños como para los forasteros que de vez en cuando lograban atravesar las engañosas tierras para llegar a los pueblos pesqueros asentados allí.

Los rumores y habladurías hablaban de mujeres ermitañas con extrañas costumbres, de cultos extraños, de brujas.
Al menos, lo último era cierto.

La información que tenía acerca de su familia también era escasa. Lo que había llegado hasta ella estaba mal relatado, y probablemente distorsionado por siglos de relatos, leyendas y fanfarronadas.

Lo poco que había sacado en limpio hablaba de un antepasado suyo, muy anterior a instalarse en los pantanos de Rahasqa. Lo que no le quedaba muy claro era si se trataba de un hombre o una mujer. Le gustaba pensar que era lo último.

Fue ese antepasado suyo, el que, años atrás, había hecho un pacto con un Fata. O se había follado a un Fata. O ambas cosas. Ni su madre ni los libros se ponían de acuerdo en ese aspecto.

Pero aquello había creado un linaje de brujas, un linaje que se extendía hasta ella. Su madre le había dicho que desde que las memorias recordaban, todos sus antepasados eran mujeres. Mujeres que nacían de mujeres que nacían de mujeres. Los hombres eran pasajeros. Igual que su padre.

Reena no tenía la menor idea de la identidad de su progenitor, y no tenía ni un ápice de curiosidad por averiguarla. Su madre nunca le había hablado de él, y ella nunca le había preguntado. Lo único que sabía de él era que se trataba de un humano, dada la ausencia de rasgos de otras razas en su físico.

Solo había habido un hombre cercano a ella en su vida, el único amigo que había tenido nunca. Guardaba aún recuerdos de cuando era niña, y jugaba con su hermano entre las enormes hojas que surgían de la maleza mientras su madre pescaba o se acercaba al pueblo para visitar a los mercaderes.

La había visto aprender a andar, y enseñado a usar su primer cuchillo, estaba delante la primera vez que se manifestaron sus poderes, y también en su primer accidente, cuando casi hace explotar la caravana de un comerciante local que pasaba cerca de la cabaña.

Pero Nièll se había marchado con once años, cuando ella sólo tenía siete, y aunque al principio se había escabullido hasta la aldea de pescadores para visitarle de vez en cuando, pronto sus entrenamientos con la magia y sus quehaceres en casa la habían impedido volver.

Su hermano encontró una nueva familia, y, según tenía entendido, había llegado a capitán de la guardia con tan solo veinte años. Hacía tanto tiempo que no le veía que dudaba poder reconocerle si se lo encontraba frente a frente en aquel momento.

Pasó años entre el aprendizaje de las artes arcanas, la alquimia y las artes de la caza y la pesca, indispensables para poder sobrevivir en el pantano. Durante todo ese tiempo permaneció sola con su madre, estudiando, cazando y comerciando esporádicamente con aldeanos de los pueblos cercanos a cambio de  los pocos enseres que no podían procurarse ellas mismas.

Fueron años tranquilos, a pesar de todo. Ningún cazador se acercaba demasiado a sus tierras, y ellas no salían del pantano excepto una o dos veces al año, para vender género en la ciudad más cercana. Jamás habían tenido problemas. Hasta el día de su decimosexto cumpleaños.

Aquella noche la despertó un calor asfixiante dentro de la cabaña. Estaba todo lleno de humo, y apenas podía respirar o ver con claridad. A su lado, su madre yacía inconsciente, tendida en su lecho.

No tenía la menor idea de cómo se había iniciado el fuego, pero se había extendido tanto que apenas podía vislumbrar la puerta a través de las llamas. Con esfuerzo, logró sujetar a su madre por los brazos, arrastrándola a través de los escombros y las cenizas hasta llegar a la salida.

Agotada por el esfuerzo, se dejó caer de rodillas ante las ruinas llameantes de lo que hasta entonces había sido su hogar. Notó un golpe seco y lacerante en la nuca, justo debajo de la base del cráneo.
Luego, todo se volvió negro.

sábado, 18 de agosto de 2012

Ébano

Ébano

El espejo le devolvía una imagen menuda, pálida y delgada, apenas mucho mayor que una niña de 8 años. Tenía el pecho plano, y las caderas demasiado rectas para parecer una mujer. Los cabellos, largos y lacios, le caían por debajo de los hombros de un rubio tan blanco que parecía que la Luna había acampado en ellos. Un blanco níveo, tan puro como el del vestido de lino liso y de falda corta que cubría su desnudez.

La muchacha obsequió a su reflejo con una mueca desagradable, alzando la barbilla con orgullo ante la afrenta que tenía ante ella. Sus ojos sin iris, brumosos como las nieblas matutinas, se entrecerraron con odio y rencor, llenos de rabia sin un rumbo fijo. Tenía 16 años, y su aspecto era el de una mocosa que ni siquiera había sangrado por primera vez.

Apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en la carne, y finos hilillos de sangre recorrieron su piel hasta caer como lágrimas sobre el suelo de mármol. Una doncella delgaducha y de cabellos pajizos se acercó corriendo a ella con expresión horrorizada.

- Alteza, estáis sangrando!.- Exclamó con aquella voz chillona que tenía, cogiéndole las manos con delicadeza para limpiarle las marcas rojo oscuras con un pañuelo blanco de seda.

Ébano se zafó de ella con un gesto brusco. Hubiese puesto los ojos en blanco, si pudiera. Alteza. Ja. Esa era ella. Ébano, princesa de la Aguamarina, heredera de la corona que durante siglos había ceñido las frentes de los Reyes de las aguas. Y apenas podía montar a su yegua sin que la ayudase un mozo de cuadras. Patético.

Su madre, tratando en vano de no atraer la atención sobre su tamaño, la hacía acompañar siempre por criadas jóvenes, de no más de 12 o 13 años de edad. Pero al contrario de lo que cabía esperar, a Ébano aquello solo le recordaba su propia desgracia. Cada vez que miraba a una de las muchachitas encargadas de vestirla, peinarla o darla de comer, se veía de nuevo en el espejo, frente al reflejo de una pequeña de piel pálida y cabellos translúcidos, a pesar de que, según las leyes del reino, ya había alcanzado la mayoría de edad.

Ignorando por completo a la niña que trataba de convencerla para limpiarle la sangre de las manos, se dio la vuelta y se dirigió a la enorme puerta de entrada a sus aposentos. Necesitaba dar un paseo.

El castillo que servía de residencia a la familia Aquamarine era tan grande que podía haber acogido a un regimiento de diez mil soldados, dada la ocasión. Se trataba de una fortaleza de dimensiones gargantuescas erigida en el borde de un acantilado de 30 metros de altura, a merced del viento y las olas que lamían los salientes rocosos con cada subida de la marea.

En el interior, más allá de las puertas de la ciudadela fortificada, una llanura terrosa y salpicada de pequeños huertos y granjas se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Eran los vasallos de los señores del Agua, que vivían en el interior de la fortaleza. Agricultores, ganaderos, carniceros, panaderos y herreros, todos se amontonaban en las cabañas de adobe y madera que daban forma a las callejuelas y los barrios obreros de Ilequa.

Ébano se escabulló entre los guardias que patrullaban las puertas principales del ala principal del castillo. Su tamaño al menos tenía ciertas ventajas. Si no fuera por el anillo de cornalina y turquesa que llevaba siempre en el anular izquierdo, nadie habría pensado que se trataba de la heredera de la familia.

El viento soplaba débilmente dentro de los muros de la fortaleza, impregnándolo todo de un fuerte olor a sal. Los mercaderes habían colocado sus puestos en la enorme plaza enfrente de la capilla, y los nobles y ricachones que vivían en aquel lado de los muros paseaban con las cabezas erguidas, observando la mercancía y probándose joyas de tanto en tanto.

La niña suspiró, con la mirada nebulosa fija en las enormes puertas abiertas que daban paso a las zonas más pobres de la ciudad, tras la primera muralla. Si tan solo pudiera cruzar… Pero era imposible. Su regia madre jamás la dejaría salir del castillo, era demasiado peligroso.

La heredera del Agua no debe mezclarse con el populacho, la decía una y otra vez, es demasiado peligroso. La familia del fuego, gobernantes de Ardea, no dejarían pasar una oportunidad para deshacerse de la primogénita de los Aquamarine.

Lo que su madre no entendía, es que le importaba poco lo que intentaran hacerle los nobles del fuego. Probablemente, una vez descubrieran lo patética que era, se contentarían con encerrarla en unas mazmorras y dejarla morir de hambre, o pedirían un rescate por ella a su familia. Un rescate que estaba convencida de que no pagarían.

Pateó un guijarro tratando de lanzarlo en dirección a la aglomeración de gente congregada en torno a los tenderetes de los comerciantes. Se perdió entre la multitud, su anillo tallado prudentemente escondido en uno de los bolsillos de su vestido blanco.

miércoles, 16 de mayo de 2012

La Luna en la Tormenta

La lluvia golpeaba insistente las enormes vidrieras de colores que decoraban inertes los ventanales de la catedral. Las escenas inmortalizadas en sus mosaicos mostraban escenas de increíble belleza, donde galantes caballeros de brillante armadura rescataban a princesas de las garras de feroces dragones hambrientos, o generosos reyes recibían visitas en salones majestuosos recubiertos de tapices de seda.

La tormenta mantenía a los aldeanos en el calor de sus hogares, indiferentes a lo que ocurría en las oscuras calles de la ciudad. Los truenos retumbaban entre los pequeños edificios de adobe y piedra, mientras rayos relampagueantes alumbraban aquí y allá, iluminando pequeños retazos de historia.

Indiferente a lo que ocurría en el interior de las casas, una figura encorvada se acercaba por las callejuelas cenagosas a la catedral. Iba envuelta en una capa de lana raída, y en sus manos sujetaba un bulto envuelto por mantas que mantenía fuertemente apretado contra su pecho.

La silueta llegó a las puertas del templo a trompicones, empapada, pero en pie. El fardo que llevaba entre los brazos se hacía pesado, pero se negaba a dejarlo allí, a la intemperie, sin nada que lo protegiera del viento tal y como llevaba haciendo ella desde que salieron del poblado. Pero al final, sabía que no podía quedárselo.

Las lágrimas que le surcaban el rostro no se distinguían entre las gotas de lluvia que corrían por sus mejillas, deslizándose como cataratas tras un abismo. Bajo la capucha, mechones de cabello rubio, casi blanco, se filtraban para moverse al son del vendaval que asolaba la región desde hacía días.

Protegiendo la preciosa carga con su cuerpo, hizo sonar las aldabas de hierro forjado que pendían de las inmensas puertas de la catedral. Dejó el bulto en el suelo, cubierto por gruesas lanas que apenas dejaban entrever su contenido.

Habría salido corriendo, pero no le dio tiempo. Antes de que pusiera un pie fuera del pórtico de piedra del templo, los goznes chirriaron, y la madera comenzó a moverse renqueante arrancando agudos lamentos al suelo embarrado de la escalinata.
La figura levantó la cabeza, paralizada. El terror que se dibujaba en sus ojos de plata se centró en el muchacho de apenas 15 años que la observaba desde la entrada.

Un grito desgarró la noche, alzándose sobre los truenos y la lluvia torrencial. Tras el joven comenzaron a oírse pasos, decenas, cada vez más cercanos, amenazando con evitar la huída inminente de la figura que, aún inmóvil, permanecía bajo la tormenta.

Un llanto cristalino emergió del fardo de tela, prestando al negro desconocido una oportunidad única que no podía desaprovechar. Y mientras el niño y los monjes que corrían a su encuentro se agolpaban alrededor del bebé que yacía a los pies de la catedral, una mujer de cabellos blancos nacarados y orejas puntiagudas contemplaba la escena desde la distancia, oculta entre las sombras de la tempestad.

lunes, 14 de mayo de 2012

La Tienda Escondida

Llevaba horas en aquella posición, contemplando las ondas que formaban los peces de colores al nadar en el estanque. Porque no miraba el agua, limpia y transparente ni los pequeños animales que aleteaban juguetones de lado a lado de la laguna. Simplemente observaba las finas líneas que se dibujaban cada vez que uno de los diminutos pececillos se acercaba con cautela a la superficie.

De vez en cuando extendía el brazo, con la palma abierta, como si quisiera acariciar el invisible escudo protector que su mente imaginaba suspendido a pocos centímetros del lago. Mantenía la mano ahí, durante largos ratos en los que las yemas de sus dedos casi rozaban la superficie. Pero nunca llegaba a tocar el agua. No, eso espantaría a los peces.

La piel azulada resplandecía con la luz del sol de mediodía, que se filtraba zigzagueante a través de las cortinas de la amplia habitación. Era una estancia extraña, al igual que el resto de la tienda. Completamente construida de madera, con aquél enorme lago artificial rodeado de rocas de río justo en medio, donde ella suspiraba por volver a su hogar.

El dueño sabía que necesitaba el agua. Incluso había traído peces para ella, esperando que la hicieran compañía. Pero no era lo mismo. La cadena de metal que la mantenía aprisionada la privaba de toda su energía, de su magia. No podía nadar con grilletes en sus tobillos. No podía caminar, alejarse más de unos metros de la pared.

Los cabellos azulados de la mujer comenzaban a secarse, y sus ojos azules, profundos como el océano, se apagaban poco a poco, igual que el brillo de su piel. Si no podía ser libre, se secaría como una hoja en otoño después de caer. Las náyades no estaban hechas para vivir encerradas en una pecera.

lunes, 19 de marzo de 2012

Romper un Mito

Siempre ha existido esa creencia absurda, ese mito arcano acerca del bien y del mal. Esa insistencia al pensar que todo el mundo guarda en su interior una parte buena y un lado oscuro que luchan entre sí por el total control de una conciencia. La conciencia humana.

¿Quién no ha imaginado alguna vez al pequeño angelito que posa cual modelo escultural en el hombro derecho, susurrando palabras serenas al oído de su huésped mortal? O al demonio del mismo tamaño, que desde el otro lado de la cabeza increpa a su antagonista pavoneándose con sus cuernos afilados y cola rojo carmesí.

Debe de ser esto lo que la gente normal identifica con la moral. La eterna lucha interna para decidir si algo es políticamente correcto o por el contrario una aberración monstruosa producto de los más salvajes instintos.

En realidad, aceptémoslo, todo esto no es más que una tontería poco elaborada que los dibujos animados utilizan como recurso humorístico para divertir a los más pequeños. Ese dios al que tanto adoran, ¿Para qué iba a crear ángeles y demonios tan pequeños? ¿Para jugar a los pin y pon? Para eso tiene al ser humano.

Sin embargo, dicen que siempre hay algo de realidad en los mitos, y este caso no iba a ser una excepción.
Lo descubrió al conocer a Innara.