miércoles, 7 de marzo de 2012

Cartas al Horizonte

Hermana, temo que esta sea la última carta que te escriba.
No te asustes, estaré bien, no ha ocurrido nada grave. El General ha prohibido a los mensajeros salir del campamento Radhërn debido al aumento de los ataques de los bárbaros en los alrededores de los Lagos Etéreos.

No estamos seguros de a qué se debe esta actividad inusual, pero parece bastante plausible que los Tjarlhems estén intentando capturar vivos a nuestros soldados para obligarles a desvelar la posición de las tiendas de los comandantes. Todo aquel que haya vivido una guerra sabe que un ejército sin líder es como un hormiguero sin reina.

La pequeña Deirdre sigue al cuidado de Zoe, que no la pierde de vista un solo segundo. Ha aprendido a hablar un poco nuestro idioma y ya sabe expresarse como cualquier otro niño de su edad, así que resulta mucho más fácil comunicarse con ella. Nos ha contado cómo llegó al campamento, siguiendo a Storgk desde su aldea natal. Parece ser que los Tjarlhems están divididos en varias tribus, y solo dos de ellas son las que luchan contra nosotros. A la familia de Deirdre la asesinaron por no prestar ayuda en las batallas.

Ahora, gracias a las pequeñas cosas que nos ha ido enseñando la pequeña y a la información que nos facilita sobre los diferentes clanes Tjarlhem, parece que la lucha comienza a decidirse en nuestro favor. Cada vez somos menos las Ièries necesitadas en los campos de batalla, porque los guerreros bárbaros evitan el enfrentamiento directo, y estamos más dedicadas a la protección mágica del perímetro o, aquellas con la habilidad, de curar a los heridos que vuelven de las misiones.

Althea acaba de entrar en nuestra tienda. Lleva a Storgk con ella, cada día está más grande. Espero que pronto deje de crecer, o tendremos que salir nosotras para que pueda dormir guarecido. Ya casi mide lo mismo que yo.
Les he mandado a las demás tus saludos. Están todas deseando verte, y poder contemplar lo mayor que te has hecho en nuestra ausencia. Yo les he contado como cuidas de Madre mientras no estoy, y que te ocupas de mis responsabilidades en el templo. Estamos todas muy orgullosas de ti, Ianthe.

Desde hace unos días no tengo nada que hacer, así que me estoy tomando mi tiempo para escribirte por última vez. El General ha dado tanto tiempo de tregua para enviar paquetes como yo necesite para terminar. Así que de vez en cuando, mientras salgo a por más tinta o a cambiar la pluma de cuervo con que escribo, soldados de todo el campamento vienen a asegurarse de que aún me quedan cosas por contarte. Resulta un poco irónico, ¿no crees?

Aparte de esto, lo único en lo que puedo ocupar el tiempo es reforzando la barrera de niebla que nos envuelve, ya que es mi elemento esencial. Tengo suerte de que los valles de Thyal parezcan estar siempre hundidos en la bruma, y mi magia es mucho más efectiva que la de cualquiera de las demás Ièries.
Como ya no podemos salir, mis excursiones en busca de rarezas que poder llevaros a Madre y a ti han finalizado sin que encontrara nada lo suficientemente peculiar para que llamase mi atención.

Hace dos noches me escabullí de la tienda con Althea y Storgk, y nos fuimos a dar un paseo por las orillas de los lagos. Sé que fue peligroso, y que podía habernos caído una buena reprimenda de habernos visto algún soldado. Pero no te imaginas la belleza de las aguas cuando las estrellas no salen para iluminar el cielo. Solo con la luz de la luna, los peces nacarados que nadan en las profundidades de los Lagos Etéreos lanzan destellos que los hacen parecer de plata.
Pensé en llevarte uno hace mucho tiempo, pero no he encontrado ninguna pecera para poder atraparlos.

Cuando la pequeña Tjarlhem supo que quería llevarte algo, me llevó a la zona más apartada del campamento, cerca de las laderas de las montañas. Allí, en unas cuevas tan oscuras como los ojos del Ávyssos, viven unos minúsculos seres que tejen sueños con los hilos del ocaso. No estoy segura de cómo lo consiguió, pero tengo guardado en mi arca un vestido precioso de tintes iridiscentes. Lo hicieron para ti, porque ella se lo pidió.

Estoy deseando que acabe esta guerra para poder entregártelo con mis propias manos, hermana, porque sé que te encantará cuando lo veas. Estoy segura de que una vez te lo pongas, te quedará como una segunda piel.

Espero volver pronto.

jueves, 1 de marzo de 2012

Cartas al Horizonte

No sabes cuanto me alegro de recibir noticias tuyas, Ianthe. No pensé que mi carta fuera a llegar a su destino. Incluso aún cuando mantenía las esperanzas de que el mensajero hubiese sido capaz de entregártela, no esperaba recibir tu respuesta hasta pasada la primavera. El soldado ha hecho bien su trabajo.

Siento que Madre esté tan preocupada por mí. Quédate junto a ella, y dile que todo saldrá bien, que no me pasará nada. Dile que el General piensa que todo habrá acabado antes del próximo invierno, y que le llevaré especias, tintes y telas exóticas para sus vestidos. Dile que no me extrañe. Que todo volverá a ser como antes.

Cuéntale historias de faunos y ninfas, como las que nos narraba por las noches cuando éramos niñas; con finales felices y sueños cumplidos, para que no se preocupe por el final de la guerra que libramos aquí en el norte. No te alarmes tú tampoco. A pesar de que los bárbaros siguen con sus estrategias fulminantes, y nuestras pérdidas se cuentan por los cientos, nuestro último ataque hace poco más de dos semanas los ha mantenido en letargo hasta hoy, y el General calcula que tardarán en recuperarse del golpe aún algo más de tiempo.

Los animales por aquí ya no se ven tanto como antes, debe de ser por las continuas batallas que se libran en la zona. Y sin embargo de vez en cuando, tras largos períodos de paz, incluso los predadores vuelven a aventurarse por los campamentos. Cierto es que aparecen en pequeños grupos, como los greenwolds, a los que parece gustar el agua de manantial que brota de los Lagos Etéreos, y que son fáciles de ahuyentar con una antorcha o una simple esfera de luz, pero sigue siendo peligroso cuando algún cadete sale solo o se queda rezagado lejos de las hogueras.

Oh! ¿Recuerdas que te hablé de Storgk? Aquel animalillo de pelaje suave y grisáceo que Althea adoptó el invierno pasado. Ha crecido un montón. Cuando lo recogí no era más que un pequeño bulto con forma de lobato y patas demasiado grandes para su tamaño. Ahora le han crecido las orejas, su pelo es más brillante y azul, casi celeste, y me llega casi a la altura de las rodillas. También come muchísimo. Como las provisiones son escasas aquí, las Ièries hemos tenido que fraccionar nuestras raciones para poder alimentarle, sobre todo cuando el tiempo era más crudo y la caza se reducía casi a la nada por los alrededores.

Hace tres noches, Storgk volvió de su paseo nocturno con un regalo para nosotras. Se le veía contento, y muy cariñoso, y creíamos que habría encontrado una hembra de su especie hasta que el animal se acercó lo suficiente a las tiendas para que pudiésemos distinguir a una niña sentada en su lomo. No tendría más de cinco años, tenía la piel muy morena y los cabellos cobrizos con brillos dorados trenzados hasta las caderas.

Al principio no sabíamos que hacer. Tú entenderías la situación, es una niña Tjarlhem que apareció en el campamento Rhadërn montada en uno de los animales que acostumbraban a merodear por aquí. Los soldados temían que se hubiera escapado, y su aparición en nuestra base supusiera un ataque de los bárbaros antes de lo esperado. Teniendo en cuenta que nuestras tropas tampoco se habían recuperado del todo, el resultado podría haber sido desastroso.

Al final, después de unos días intentando comprender el idioma de la niña, se hizo patente que los Tjarlhems no nos atacarían para recuperarla. Aún hoy la mantenemos en el campamento, a salvo de los peligros que envuelven los valles de Thyal. Zoe, la más pequeña del grupo, ha sido la encargada de cuidar de la pequeña. Hemos aprendido mucho gracias a ella, y parece que hemos conseguido enseñarle algunas cosas básicas de nuestra lengua.

Las tardes más calurosas, mientras merendábamos al aire libre, descubrimos que Storgk y la chiquilla se habían cogido tanto cariño que era casi imposible separarlos. Juraría que Althea estaba celosa del triunfo de su mascota, pero cuando los dos corrieron a abrazarla en medio del prado no pudo disimular la ilusión. La verdad es que la Tjarlhem no confiaba en nosotros. Las Iéries parecíamos asustarle menos que los soldados, pero aun así nos costó muchísimo que dejara de esconderse cuando nos acercábamos.

Ayer por fin conseguimos que nos dijera su nombre. Se tocaba el pecho con su minúsculo puño cerrado, y repetía “Deirdre” una y otra vez. No sabíamos lo que quería hasta que repitió lo mismo con Zoe y con Irene. También nos enseñó el nombre que le daban a la raza de Storgk, algo así como Gwningen. Ahora me resultará más fácil llevarte uno cuando vuelva.

martes, 21 de febrero de 2012

Cartas al Horizonte

Ante todo, siento la cera tan tosca que he utilizado para sellar el pergamino. En este momento no tengo absolutamente nada más apropiado a mano, ya sabes como son los campamentos militares de Radhërn, y necesitaba grabar el sello para que supieras con certeza que soy yo quien escribe la carta.

Últimamente, apenas nos atrevemos a enviar mensajeros con información táctica a los pequeños batallones que rodean los Lagos Etéreos, pues una manada de greenwolds merodea por la zona atacando a los emisarios del General. Eso ha hecho mucho más difícil conseguir hacerte llegar la misiva. Incluso ahora, sentada frente al soldado que se encargará de llevarla y custodiarla con su vida para poder entregártela intacta, siento que tengo pocas probabilidades de que llegues a leer estas palabras.

La verdad es que hemos perdido infinidad de exploradores en estas tierras baldías. Unos, muertos por la fiebre, delirando durante días antes de cerrar los ojos al mundo; otros, devorados por las bestias, y los más afortunados, aunque cueste creerlo, fueron aquellos asesinados por nuestros enemigos en los campos de batalla o las incursiones al campamento.

Aquí, en el norte, todo parece blanco. La temperatura es baja y húmeda, y hace tanto frío que por las noches hemos de taparnos con varias pieles de klishveen para poder mantenernos vivos. Por suerte, el Korvus nos advirtió de las penurias que tendríamos que pasar, y nos trajimos decenas de carretas con mantas y ropa de abrigo. Con eso y lo que hemos podido conseguir cazando a los animales de la región, hemos logrado que muchos de los enfermos se recuperen.
Para otros, sin embargo, era ya demasiado tarde.

Las medicinas escasean. La nieve y el hielo impiden crecer la mayoría de las plantas necesarias para elaborar los remedios más básicos, y las pociones que trajimos con nosotros están racionadas hasta la última gota. Espero que las provisiones lleguen pronto, o más de la mitad de nuestra gente no llegará con vida a la próxima cruzada.

Creo que ese es el objetivo de los Tjarlhems. Esperar a que muramos de frío, de hambre o devorados por los incontables monstruos que pueblan este suelo maldito. Entonces, cuando apenas queden decenas de hombres agonizantes tratando de sobrevivir, se abalanzarán sobre nosotros como los perros sanguinarios que son.
Pero se equivocan si piensan que vamos a esperar a que den el primer paso.

Sabes que no puedo contarte las estrategias que sigue el General, por si esta carta cayera en malas manos, pero puedo prometerte que ganaremos esta guerra. Sus hechiceros no tendrán nada que hacer contra los devastadores conjuros de nuestros magos, ni contra la bruma que se desatará contra ellos durante 20 días y 20 noches en las que su visión quedará reducida a la nada.

Pero no quiero aburrirte con maniobras militares.
Mejor te cuento como son los valles nevados de Tyahl, cuando amanecen bañados por el rocío de las mañanas, o por la noche cuando las Damiselas florecen a lo largo de los caminos. Claro que también hay fauna nocturna, pero, al contrario de lo que esperábamos, la mayoría resulta inofensiva.
Anoche encontré un pequeño animal, peludo y de color gris azulado, con ojos verdes y unas garras enormes. Lo único que hacía era acercarse a que lo acariciáramos, así que Althea lo bautizó como Storgk. Prometo que descubriré como se llaman y te llevaré uno cuando vuelva a casa.

La verdad es que parece increíble que lugares tan bonitos estén habitados por bárbaros sin compasión. En cualquier otro momento estos valles me habrían parecido un paraíso, y en realidad no son más que un enorme cementerio que ansía llenarse con los cuerpos inertes de los caídos en esta guerra de razas.

Estos últimos días de invierno me he acordado mucho de ti, Ianthe. Sé que fue un duro golpe para ti que Madre no te permitiera venir al Dhokem, pero has de comprender que aún eres muy joven para acompañar a nuestro ejército en una empresa tan arriesgada. Antes de unirme a la expedición, ni siquiera yo había cruzado nunca la gran frontera de fuego. Fue una experiencia completamente nueva para mi, y he de reconocer que bastante desagradable.

Espero que no me guardes rencor por no haberte esperado, e incumplir la promesa que hicimos de niñas. Has de saber que fue una decisión dura, que deseé con todas mis fuerzas que pudieras venir conmigo o, al menos, que esas bestias hubiesen tardado más tiempo en atacar. Pero no fue posible. De modo que volveré. Y esta es una promesa que si pretendo cumplir.

lunes, 19 de diciembre de 2011

La Magia Escondida

El callejón estaba tan oscuro que ni siquiera los haces de luz de las linternas lograban traspasar las sombras que se arremolinaban en las esquinas. Un farol fundido colgaba de forma precaria de un soporte fijado en el muro de piedra, zarandeado por las ráfagas de viento que formaban remolinos en la estrecha calle sin salida.

El ajado cartel que anunciaba el nombre de la tienda apenas se distinguía a través de la pequeña ventana de cristal opaco que ocupaba el centro de la puerta. El polvo que se acumulaba en las junturas y el color terroso de la vieja lámina de cartón hacían aún más complicada la lectura de las desgastadas letras capitales.

Las risas entrecortadas de dos muchachos hicieron eco en las paredes de ladrillo de la callejuela. Las dos figuras estaban medio escondidas, de cuclillas tras una pila de cajas de cartón a la entrada de la calle. Era obvio que trataban de ocultarse, probablemente de alguien en la principal que estaba pendiente de ellos.

- Ahí es!- La voz infantil hizo eco en el callejón.

Una muchacha de apenas 12 años se adentró en el oscuro pasillo, mirando nervios por encima del hombro como ocultándose de un posible perseguidor. La melena castaña y lisa, cortada en diagonal desde la nuca, le cayó rebelde sobre los ojos cuando se agachó para ocultarse de los caminantes que aún quedaban en la calle principal.

Tras ella, un joven de su edad, de cabellos revoltosos y ojos traviesos, la empujó suavemente obligándola a caminar.

- Vamos Adhara.- Susurraba inquieto.- Entra.

La niña asintió. Como imitando alguna película de agentes secretos en la que el héroe debe derrotar a su enemigo de la forma más discreta posible, la chiquilla se enderezó y pegó la espalda a la pared de ladrillos. Giró la cabeza hacia su amigo con una sonrisa, y poco a poco, comenzó a avanzar en dirección a la destartalada entrada de aspecto siniestro que decoraba el centro del callejón.

La campanilla que colgaba del techo tintineó ruidosamente cuando los dos niños entraron en la tienda. Se miraron nerviosos, con una mezcla de miedo y emoción tintada en los ojos almizclados de ambos.
Era un cuarto pequeño y oscuro. La luz de la minúscula lámpara colgada en la callejuela apenas iluminaba el rellano de la tienda, estrecho y repleto de estanterías y armarios llenos de los más extravagantes objetos.

- Te esperaba, muchachita.- Una voz grave y ronca resonó en la parte trasera de la habitación.

Adhara dio un respingo, y sus dedos se cerraron como garras en torno al brazo de su compañero.
A su alrededor se dispensaban infinidad de libros de aspecto antiguo y pequeñas botellas de vidrio multicolor guardando en su interior algún líquido que no llegaba a identificar con exactitud.

- A…A mi?.- Preguntó la niña confusa, temerosa de dar un paso más.

Tenía la puerta a su espalda, donde su amigo aun la mantenía abierta. Era difícil decidir cuál de los dos estaba más asustado. Pero aquello era lo que habían estado buscando, la pequeña tienda de magia que aparecía y desaparecía a su antojo, nunca dos noches en el mismo lugar. Les había costado dar con ella.

No, no saldría corriendo. No después de haber logrado entrar, no después de todo el trabajo que les había llevado dar con ella.
Aspiró hondo y dio un paso al frente, internándose en la oscuridad penetrante de la habitación.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Eyden

En el fondo, era inevitable que se diese cuenta.
Ante todo, él la había creado, y no podía negar el vínculo que le unía a ella. Aunque lo hubiese intentado durante siglos.

Cuando Lillith se sumió el aquel letargo que a duras penas la mantenía con vida, el vampiro había perdido prácticamente toda conexión con ella. La sangre que circulaba por sus venas se había ralentizado tanto durante aquellos años que incluso, durante unos instantes, por su mente pasaron los más terribles pensamientos.

Por eso se acercaba de vez en cuando a la enorme casona victoriana, solo, se trataba de convencer, para asegurarse de que se encontraba bien. Y siempre estaba allí, dormida, en la misma posición que el primer día.

Pero entonces algo cambió en su sueño. Trataba de despertarse, y Eyden lo notaba. El vínculo que le unía a ella volvía a hacerse fuerte, insistente, empujándole hacia la muchacha que yacía tras las paredes falsas de su antigua mansión. Durante el trance que le había provocado el súbito despertar de Lillith, el joven había repasado mentalmente todos y cada uno de los problemas con los que podría encontrarse una vez saliera de su refugio.

Al contrario que él, la pequeña vampiresa no había conocido el comienzo de la tecnología, la evolución de los humanos tras la época que le había correspondido vivir. No conocía los logros de la civilización, ni tampoco los nuevos peligros que el mundo guardaba para ella. La preocupación le inducía a volver con su protegida más aún si cabe que la propia sangre que compartían.

La luna llena iluminaba la noche con un resplandor plateado, incidiendo con sus rayos en el punto exacto donde debía de encontrarse la antigua casona de la familia de Lillith. Eyden trataba de discernir la enorme silueta del edificio desde el cielo, entrecerraba los ojos intentando vislumbrar aunque fuese una pequeña sombra de lo que sabía que se encontraba allí. Pero ni siquiera su vista privilegiada le proporcionaba la más mínima pista.

Un rayo centelleó a lo lejos, advirtiéndole de la tormenta que se avecinaba. Pero ni la lluvia ni los truenos que amenazaban con reventarle los tímpanos eran lo suficientemente fuertes para aplacar sus ansias de ver a la pequeña Lillith. Su objetivo estaba demasiado cerca para que siquiera pensase en darse por vencido.

Y la culpa. El remordimiento. La responsabilidad de haberla convertido en lo que era, aunque fuera la única forma de salvar su vida. Sin su sangre, Lillith estaría muerta. Pero en cierto modo, lo estaba. Era cierto que aun caminaba, se alimentaba, dormía y despertaba. Pero su corazón ya no latía y ella ya no respiraba. Y aquello, en cierto modo, era culpa suya.

Llevaba siglos preguntándose a si mismo cual era la razón que le había llevado a hacer lo que hizo aquella noche maldita. Transformarla en un monstruo sin alma, arrebatarle el rubor de sus mejillas y el calor de su cuerpo a cambio de una eternidad de oscuridad que incluso el, habitante de la noche desde hacía tanto tiempo, aun aborrecía.

Aquella decisión, producto de un momento de debilidad, le atormentaba cada instante desde su partida. Se había marchado de su lado porque no podía soportar lo que había hecho, su egoísmo al querer conservarla a pesar de las terribles consecuencias que tendría su acción desesperada. Solucionar un acto egoísta con otro aún más cruel.

Un trueno resonó en el cielo a su alrededor, y el rayo que le acompañaba se descargó con furia contra las ramas de un árbol demasiado alto para su propio bien. El olor de la madera quemada penetró en sus fosas nasales sin previo aviso, recordándole el dolor de su propia piel quemada por la luz abrasadora del sol.

Por primera vez desde que salió de su hogar, a kilómetros de allí, Eyden dudó. No sabía lo que se encontraría una vez llegara a la mansión victoriana donde Lillith se había despertado.
Probablemente le odiaría.

domingo, 30 de octubre de 2011

Adhara

Adhara estaba sentada en un pequeño taburete, demasiado alto para una niña de diez años. Frente a ella, de pie sobre un escritorio de madera color caoba y con la cadera apoyada en un pisapapeles con forma de caballo alado, una muchacha diminuta la observaba en silencio. Tenía una larga melena rizada, negra como el carbón, y unas minúsculas alas nacían del hueco de sus omoplatos, de una oscuridad tan intensa que parecían absorber la luz de la habitación.

La pequeña la miraba con sus ojos castaños desmesuradamente abiertos, como si no pudiera creer lo que estaba viendo en aquel cuarto lleno de libros y objetos extraños. Y la verdad es que le estaba costando.

Dicen que todos los niños tienen fantasías de dragones, hadas y cuentos imaginarios. Pero ese no era su caso, nunca lo fue. Nunca había jugado con compañeros que nadie más que ella podía ver, ni echado la culpa de sus errores a alguna criatura fantástica salida de los cuentos de su niñez.

Siempre le habían dicho que era demasiado madura para su edad. Quizá tuvieran razón.

Y sin embargo allí estaba la prueba, justo delante de ella. Había llegado allí de casualidad, buscando algún libro interesante en la enorme mansión rústica de su abuela. Recordaba las historias que la anciana relataba años antes, cuando aún le emocionaban las leyendas y los mitos de caballeros, dioses y princesas y se reunía por las tardes con un pequeño grupo de chiquillos del pueblo para sentarse formando un corro sobre la alfombra de la biblioteca.

Pero creciendo en una gran ciudad donde su padre trabajaba como policía y su madre como mujer de negocios poco dada a utilizar la imaginación, era difícil alejarse de la cruda realidad incluso para una niña de tres años. La magia no era algo común en su vida.

Así que había crecido rápido. Solitaria, seria y mucho más responsable de lo que cabría esperar de una chiquilla como ella.

Luego, hacía poco menos de un año, su edificio había ardido en un incendio. Ni la policía ni los bomberos habían descubierto al culpable, y la versión oficial había sido una fuga en una de las cocinas del primer piso. Adhara solo sabía que para cuando llegó tras finalizar las clases, su casa tan solo era un montón de cenizas grisáceas entre escombros de lo que había sido un edificio de residencias adineradas.

Su madre había muerto en el incendio. No era raro que trabajase desde casa, y la declaración de los bomberos señalaba que nadie podría haberse dado cuenta de la fuga de gas antes de la explosión. Solo había sido un trágico y desgraciado accidente que se había cobrado demasiadas vidas.

Su padre, profundamente afectado por la muerte de su mujer, se había refugiado en el trabajo, y la había enviado a vivir con su abuela bajo la excusa de un trabajo peligroso y absorbente que no le dejaría tiempo para criarla el mismo. Era pequeña, dijeron, se adaptaría deprisa.

Tristes circunstancias para trasladarla al pequeño pueblo de York donde la anciana tenía su residencia, pero a la pequeña no le importó demasiado. Le gustaba su abuela, y aun recordaba los veranos con los niños de la villa y los cuentos e historias frente a la chimenea.

Además, al contrario que sus progenitores, la mujer no era tan estricta ni tan seria como aquellos con los que estaba acostumbrada a vivir. Y tenía una biblioteca enorme. Probablemente la enormidad de su biblioteca había sido la principal razón por la que no había puesto demasiadas pegas al dejar su colegio y su ciudad.

Lo que Adhara no había previsto, sin embargo, era que su pequeña mudanza supondría poner su mundo completamente del revés. Todo lo que había aprendido hasta entonces, la realidad, las fantasías, las verdades y las mentiras, todo se tambaleaba como si fuera el epicentro de un terremoto a escala mundial.

Porque allí estaba ella, sentada en un taburete demasiado alto para una niña de diez años, frente a una mesa de madera color caoba que presidía el extraño despacho de su abuela. Y mirándola con curiosidad, apoyada en un pisapapeles con forma de pegaso, había un hada diminuta cuyas alas oscuras como una noche sin luna no dejaban de moverse un solo segundo. Vestida con el pétalo de un lirio silvestre de un color blanco inmaculado que destacaba enormemente con sus ojos y su cabello.

Un hada de verdad.

Y la estaba viendo con sus propios ojos.

sábado, 3 de septiembre de 2011

El coleccionista de sueños

Iker

La pluma desgarraba el papel como si de una afilada daga se tratase. Aún incluso después de levantarla del cuaderno, podía ver las finas líneas de tinta terminando de secarse bajo el cálido sol de mediodía.

Le gustaba escribir con aquella estilográfica. Se sentía más inspirado cuando la usaba, como si le diese suerte o las musas se agolparan a su alrededor solo por el mero hecho de escribir a la vieja usanza.

Con una sonrisa pintada en el rostro, Iker dejaba volar su imaginación intentando crear una historia, una vida de ensueño que tomara forma poco a poco a medida que su diestra plasmaba palabras sobre el papel. Tapó la estilográfica y levantó la hoja a la altura de sus ojos, leyendo con detenimiento su trabajo de toda la mañana.

Un suspiro escapó de sus labios en el mismo instante en que pasó de la primera frase. No tenía fuerza. Ni gancho. Ni siquiera expresaba exactamente lo que él quería decir. Quedaba horrible.

Con un gruñido malhumorado, Iker arrancó la página del cuaderno y la arrugó entre las manos hasta formar una minúscula y compacta bola de papel. Mirándola con detenimiento y nostalgia, la lanzó al aire un par de veces para tantear el peso, y sin relajar los músculos de la mandíbula, empleó toda su fuerza para tirar el fragmento de historia los más lejos que el viento le permitió llegar.

Por primera vez en horas, el muchacho contempló el hermoso paisaje que le rodeaba, encerrado en su pequeño jardín de hierba artificial junto a la mesa de madera de cedro que utilizaba para escribir sus cuentos y el enorme aliso que se alzaba justo en el este de la valla, tapando la salida de sol. Era su pequeño rincón, su nido de inspiración. Pero en aquel momento no le servía de ninguna ayuda.

Con las manos entrelazadas detrás de la nuca, el joven alzó los ojos al cielo, buscando entre las nubes el dibujo de algún sueño perdido que poder rescatar y plasmar en un cuento. Se sentó en el césped, a la sombra de su árbol, pensando en los cientos de fábulas que tenía por terminar.

“La puesta de sol estaba teñida de añil, con matices violetas a la altura del horizonte.

A su alrededor, cada objeto, cada imagen, llevaba flotando tras de sí la descripción perfecta, como un espejo de palabras que reflejaba su esencia con total claridad. Pero Iker era incapaz de leerlo.

Las frases se veían borrosas, como si estuviese mirando a través de una gasa de fino lino, o de una cortina de humo reticente a dejarlo pasar. Y al fondo, entre las ramas danzantes de los arbustos que rodeaban su fantasía, la ilusión mas hermosa que había visto nunca, con forma de musa que escapaba entre los callejones de su mundo inventado.

El joven trató de perseguirla, pero sus pies estaban anclados en el suelo, sus piernas, rebeldes, no le obedecían. Con la garganta seca, observaba como la figura envuelta en amplias túnicas, ya fuera de su alcance, desaparecía entre los destellos del ocaso.

Tras él escuchó un estruendo. Apenas le dio tiempo a volver la cabeza cuando una voz, cuyo sonido flotaba en el aire como niebla plateada, le llamó por su nombre, provocándole escalofríos que le recorrieron toda la espalda. El hombre, encapuchado y con el rostro envuelto en sombras, le tendía una mano huesuda a través del velo de la realidad.

- Yo puedo ayudarte, Iker…- El desconocido de su sueño le inspiraba confianza. No sabía quien era, ni como era posible que un extraño apareciese en su subconsciente con tanta facilidad, pero, en realidad, sabía que solo era eso, un sueño.- La perfección es una meta imposible, muchacho. Yo puedo ayudarte a dejarlo ir… Solo te pediré a cambio un simple sueño.

El joven se mordió el labio inferior, pensativo. Si tan solo pudiera encontrar la manera de no tirar a la basura cada retazo de los relatos que escribía… ¿Qué era un sueño a cambio de aquello?

La delgada mano del anciano se hallaba ya a pocos centímetros de él. No sabía cómo ni en qué momento se había acercado tanto, pero lo veía con tanta claridad como se veía a sí mismo. Y sin embargo, sus rasgos seguían ocultos en la oscuridad de su capucha.
Iker sonrió. Sus manos se estrecharon, y en aquel momento, supo que podría conseguir cuanto se propusiese. El trato estaba cerrado.”


Bostezó, y se incorporó desperezándose. Sabía que se había dormido en la hierba, y que había soñado algo importante aunque no recordara absolutamente ningún detalle. Nunca recordaba sus sueños.

A pocos centímetros de donde se encontraba sentado, una arrugada bola de papel se zarandeaba enganchada entre dos ramas rotas que habían caído al suelo. Era la historia que había estado escribiendo al mediodía, aquella que había desechado por no convencerle del todo.

La alisó con esmero y la leyó un par de veces, inclinando la cabeza con ojo crítico. En realidad no estaba tan mal. Con eso serviría.