martes, 22 de junio de 2010

El coleccionista de sueños

Ana pintaba.
Siempre le había gustado, desde niña, cuando admiraba las gráciles pinceladas de su madre mientras daba vida a miles de obras que luego acabarían apiladas en un rincón del desván.

Con ellos se había enamorado de los colores, de las luces, las sombras que emergían decididas de sus pinceles al crear frente a sus ojos todas aquellas maravillas. Y había seguido su ejemplo.
Todas las mañanas, con un lienzo colocado pulcramente sobre el caballete se sentaba frente a la ventana abierta y recogía su paleta de óleos para comenzar a trabajar.

Cerraba los ojos y visualizaba cualquier cosa. Un paisaje, una granja, un pueblo, una ciudad. Lo que fuera con tal de poder pintar.
Y su mano certera sujetaba el pincel con ligereza, lo deslizaba sobre la tela y trazaba con pulcritud pequeñas y finas líneas que formaban los detalles. Un poco de blanco para las luces. Negro mezclado con otros colores para definir las sombras.
Perfecto.

Bostezó y se llevó la mano a la boca, sin darse cuenta de que aun llevaba en la mano los instrumentos manchados de rojo carmín. El cielo de su cuadro era muy diferente a lo que podía ver a traves de los cristales, mas gris, mas oscuro. Mas triste.

Se preguntaba si algun día sería capaz de pintar como lo hacía su madre, de plasmar en sus dibujos todo lo que sentía al empuñar la paleta. Soñaba con un cuadro anónimo, un cuadro que pudiese competir con los grandes artistas que poblaban los museos de arte de las ciudades. Pero no era capaz de arrancar de su mente el miedo al fracaso.

Aquella pintura se sumó a muchas mas en algun rincón del ático de la vivienda familiar. A la mañana siguiente tenía que llevar al niño a la escuela, ir a la oficina y pasar toda la mañana recogiendo llamadas y citas para el dirigente del bufete de abogados donde trabajaba.
Con tanto stress era normal que no pudiera pintar.

Se tumbó en la cama, con los ojos oscuros abiertos y mirando al techo pintado de blanco, al lado del hombre profundamente dormido que roncaba medio enredado entre las sábanas. Una sonrisa triste anido en sus labios al girarse para verle, abrazarle y dejarse llevar al mundo onírico con la cabeza apoyada en su hombro.

”La niña de cinco años miraba con una curiosidad infinita las manos de su madre al deslizarse por la tela blanca del lienzo. Ella se observó a si misma, 25 años antes, y los ojos se le llenaron de lagrimas al comprender lo que había perdido desde entonces.

La inocencia, la pureza de su mirada, había dado un paso mas al frente, con el miedo, la experiencia, la decepción.
Por eso, pensaba, por eso no pintaba, por eso sus manos parecían atadas a aquel tiempo en que todo parecía mejor, en que no temía perder nada. Sus puños se cerraron con fuerza a ambos lados de la cadera, y se mordió el labio al comprender que aquello era algo de lo que jamás se podría librar.
O si.

A su lado notó una presencia extraña, y dio un respingo al hombre que se sentaba junto a ella, cubierto por ropas tan negras que se difuminaban con las sombras del jardín. Su rostro estaba al descubierto, y sin embargo, su mente no conseguía reconstruir sus rasgos para reconocer la identidad del desconocido.

- Yo puedo ayudarte.- Le dijo en voz baja, dejando caer las palabras como gotas de lluvia en verano.- Puedo ayudarte a pintar.
- ¿Quién es usted?.- Preguntó alarmada, sin entender como había podido aparecer un extraño en un sueño.- ¿De donde ha salido?
- Eso no importa, Ana, lo que importa es que puedo protegerte del miedo.- El hombre se levantó y la miró con sus ojos etéreos.- Dame la mano, y el fracaso no podrá rozarte de nuevo. No volveras a fallar, te lo prometo. Solo te pedire a cambio un sueño.

Ana le miró largo rato sin saber que hacer. No entendía. ¿Como era posible que un desconocido de un sueño le ayudara a no tener miedo, a no perderse a si misma por el camino? ¿Como, a cambio de un mísero sueño?
Pero entonces vio su mano, y supo que decía la verdad. Ya no le parecio tan extraño el hombre sin rostro, ni las palabras incoherentes que pronunciaban sus labios en el centro de su imaginacion. Y, sin pensarlo mas, estrechó su mano y cerró el trato, le entrego lo que quería a cambio de una vida de tranquilidad y alegría, sin fracasos que la persiguieran durante el resto de su existencia."


Se despertó temprano a la mañana siguiente, sin guardar recuerdo alguno del sueño de aquella noche.
Se despertó tranquila, con una sonrisa en los labios y ganas de empezar el día, de ir al trabajo y demostrar que podía hacer mas cosas que coger el telefono a un fiscal corrupto y prepotente.

Se levantó y caminó hacia la ventana, como muchas otras veces. Y cogio el pincel, y la paleta...y los tiró directamente al cubo de la basura.

- Mamá, ¿hoy no pintas?.- El niño de cabellos castaños y alborotados observaba sorprendido como el caballete y el lienzo a medio terminar acababan tambien el en contenedor que reposaba justo delante de la puerta principal.

- ¿Pintar? No...- Se rascó la nariz, como si hubiese olvidado algo importante.- Creo que voy a dejarlo del todo.

jueves, 17 de junio de 2010

Resurrección

En aquel lugar oscuro, lleno de odio y rencor, Akira luchaba por recuperar su identidad perdida.
Ahora que Nisha estaba libre de la influencia de su lado humano, había dado rienda suelta a toda la sed de sangre que un día las poseyera a ambas. Sin embargo, aquella esencia remanente de la pantera que poco a poco se abría paso en su mirada, trastocaba su mente de una manera extraña.

Caminando por las calles desiertas de la ciudad, la semidemonio pensaba demasiado. No le gustaba estar a las órdenes de nadie, no, al menos, si no le reportaba un beneficio. Y patrullar para su padre le suponía una inmensa pérdida de tiempo.

Se miró, reflejada en un pedazo de ventana rota, los cabellos rubios y rizados cayendo rebeldes sobre su rostro pálido, y sus ojos, antes del color de la sangre caliente, con aquellas irritantes burbujas esmeralda que abarcaban ya casi la totalidad de su ojo izquierdo.

Rompió el cristal de un puñetazo, rabiosa. Igual que esa epidemia verde que amenazaba con ocultar sus ojos, la sensación que la embargaba desde que Akira murió se había ido haciendo mas fuerte.

Entre sus emociones vacías, cada vez con mas frecuencia, encontraba trazos de sensaciones ajenas, sentimientos de odio aun mas irracionales que los suyos propios, miedo, pánico incluso, generalmente enfocado en particulares, demonios o humanos, daba igual.

Aquel conocimiento del mundo a su alrededor estaba volviéndola loca.
Pateó una muñeca de trapo tirada en medio del camino y escuchó un llanto ahogado de niña tras las paredes de una casa derruída. Sintió un pinchazo en el pecho y ganas de llorar, de recoger aquella piltrafa hecha de ropa vieja y abrazarla, y al mismo tiempo rechinaba los dientes, ardiendo en deseos de clavar su brillante espada en la garganta de la mocosa que le provocaba todo aquel dolor de cabeza.

Apretó los puños furiosa, y destrozó un par de ladrillos de una fuerte patada. Al otro lado, una pequeña sucia y con la cara llena de mocos se aferraba a su madre aterrorizada.
No pudo evitar sonreír de forma cínica por encima de la algarabía emocional que embotaba su razón. Y habría ensartado el sable en el cuerpo de la mujer si dos muchachas de rostro estúpido no la hubiesen interrumpido.

Las dos gemelas, con su parloteo inacabable, rompieron la conexión de la mente de Nisha y salvaron la vida de la madre humana sin siquiera darse cuenta. En lugar de eso, la semidemonio se alegró de verlas por primera vez en su vida. La cháchara sin sentido que mantenían de forma continua la impedía pensar en nada. Y eso era justo lo que necesitaba.

Mientras discutían la razón por la que habían ido a buscar a la hija del Rey Demonio, Nisha echó a andar, pasando entre ellas y aprovechando para descargar el stress a golpes para abrirse camino.

Cuando llegó al palacio, con las dos demonios detrás, su calculadora mente ya había trazado un plan. Cerró el portón de la gran sala de audiencias en las mismas narices de las gemelas, y se encaró sin ningún reparo con el hombre de aspecto imponente que se sentaba en el enorme trono.

Por poder había acabado con parte de sí misma, por algo que ni siquiera llegaba a comprender, que, al final, no le había servido de nada. Con gesto de desprecio dirigió una mirada de soslayo a la jovencita morena que posaba de pie a su diestra, distraída y con ganas de escapar de alli. Tantas como ella, pero por razones diferentes.

Podía percibir su disgusto ante la situación, el hastío de su padre al tenerla delante sabiendo que aquella sería la ultima vez que la vería.
Desechó ambos pensamientos, centrándose en lo que debía hacer para no perder sus objetivos. Dio un paso al frente y notó el temor en el interior de Ayreen, pero sus ojos no dieron un momento de tregua al Rey Demonio; fijos, insolentes y decididos.

- No impediré tu marcha.- Fueron las palabras de su padre, y en su interior, Nisha supo que decía la verdad.
Pero, ¿Y qué ocurría con los cientos de demonios que se postraban a sus pies? ¿Con su hermanastra? ¿Tratarían ellos de detenerla?

Sin confiarse un solo segundo, desenfundó una de sus espadas con la diestra mientras mantenía la otra mano libre para alcanzar el colgante de piedra esmeralda que pendía entre los dedos de su padre. Este sonrio de forma perversa, apretando con fuerza el amuleto.
- He dicho que no impediré TU marcha.- Repitió remarcando con sorna la penúltima palabra.

La semidemonio no se amedrentó. Sin darle tiempo a reaccionar, consciente de que la perseguirían por aquello hasta darla muerte, su arma subió a la velocidad del rayo, sesgando limpiamente la muñeca del Rey Demonio.

De un salto se alejó del trono, sujetando con firmeza su trofeo aun unido al miembro cercenado de su padre. Una risita perturbadora emergió de su garganta antes de abrir las puertas para escapar, al tiempo que el grito atronador del hombre alzaba a sus súbditos contra ella. Pero no la atraparían.

Pasó entre las gemelas a empellones, advirtiéndolas con la mirada de lo que ocurriría si trataban de detenerla. Ninguna de ellas lo intentó.
Y aunque estaba dispuesta a luchar, una vez más su reputación la precedía: Salió del castillo sin necesidad de empuñar las armas ni una sola vez.

Las ruinosas calles de 7 Torres tambien estaban desiertas. La piedra de teletransporte, a varios kilómetros a las afueras de la ciudad, estaba, en cambio, custodiada por dos moles en posición de defensa que no recordaba haber visto en su vida. Parecían guerreros de la runa, y Nisha comprendió enseguida la razón de que siempre estuviesen allí.

Cuando el primero de ellos desapareció, despues de haberle cortado la cabeza, y reapareció minutos mas tarde a sus espaldas, tratando de ensartarla con su sable electrizante, la semidemonio maldijo su suerte.

Pero en aquel momento, la facilidad para percibir los sentimientos de los demás pareció servirle de ayuda por primera vez en su vida. Se dio la vuelta rápidamente para rechazar el ataque de la marioneta de su padre, y vislumbró a lo lejos una docena mas de guerreros que corrían en su busca.

A pesar de sus ansias de sangre, la semidemonio era consciente de que no sería capaz de derrotar a tantos soldados juntos, no su renacían una y otra vez en el mismo campo de batalla.

Dos al mismo tiempo. Sujetó la cadena entre los colmillos, dejándose libertad para extraer la segunda espada y poder bailar con ellas a una velocidad a la que ninguno de sus dos contrincantes fue capaz de distinguir por donde le llegaban los golpes.
En pocos segundos, los dos guerreros yacían inconscientes en el suelo, e impelida por la urgencia de dejar atrás la ciudadela, corrió al centro del portal sin darse cuenta de visualizar su destino.

Su cuerpo entró en suspension...

martes, 8 de junio de 2010

Oscura Eternidad

- Vive.- Dijo él.

No podía olvidar su expresión cuando dijo aquello. Sus ojos claros brillaban con una intensidad alarmante, y tenía los puños apretados a ambos lados de la cadera, como si la decisión que acababa de tomar fuese la mas dificil de su larga existencia. Como si aquello le convirtiera en un monstruo.

Entonces, ella dejó que la oscuridad invadiera su mente, y notó en el cuello el aliento helado que respiraba justo antes de sentir el suave mordisco que, con delicadeza, le otorgó el don de la vida eterna.



Un leve mareo se apoderó entonces de la joven, que se dejó caer semiinconsciente en los brazos de su compañero. Las heridas que le recorrían el pecho y las piernas le ardían, y sus extremidades apenas recibían las órdenes que la impelían a levantarse.

- Quieta.- Su voz grave calmó un poco sus nervios.- Ahora bebe.- Susurro inclinandose sobre ella, de manera que su piel rozara sus labios.

El cálido líquido inundó su boca y su garganta, y se deslizó poco a poco hasta su estómago donde se inició un dolor lacerante aun peor que el que le provocaban os cortes mortales que cubrían su cuerpo.
Él la sujetó fuerte, tratando de impedir las fuertes convulsuiones que se habían apoderado de la muchacha.

Para olvidar el dolor, ella visualizaba el rostro del chico, la única razon por la que aceptaba someterse a aquella tortura en vez de dejar que su corazón se parase para siempre.
Perdió la consciencia pensando en lo que la depararía el futuro, un futuro infinito, pero con él a su lado.

Que ilusa fue al creerlo.

Cuando despertó, estaba sola. Él no había podido soportar lo que le había hecho, en lo que la había convertido, condenada a vivir una vida sin vida en la Oscuridad.

Recordó, haber llorado sangre por su ausencia, literalmente, haber gritado su nombre hasta quedarse sin voz.

Cuando el agotamiento la obligó a callar, se dio cuenta de que todas sus heridas habían sanado por completo. Estaba curada, viva... y sola.
Se dio cuenta de que no iba a volver. Y apenas pudo soportarlo.

La luna le dio la bienvenida desde el cielo oscuro, iluminando con sus rayos plateados las inmediaciones del jardín que rodeaba su hogar.
Siempre recordaba su nacimiento al despertar, descubría las cortinas y dejaba que el crepúsculo la envolviera con su manto espectral.

Lillith...

La Eternidad podía ser traicionera.

sábado, 1 de mayo de 2010

Alma negra, poesía en vela.

No sueño. ¿Porqué? No comprendo el mutismo de mis recuerdos.
Tal vez hayan huído de mis locuras, o viajan por el cielo en busca de un alma mas diestra que yo.

Alma. Así te llamare a partir de ahora, siempre que te escriba. Alma.
Un nombre tienes, también necesitarás un rostro.
Oh pero ya lo tienes...
Tienes mi rostro porque eres mi alma.

No, no desvarío, ni mis locuras son fruto de la demencia. Puedo, en todo caso, llevar la cordura a un nuevo nivel, donde la razón y la imaginación se entrelacen con viejas memorias.

Hoy, Alma, lees en mí. He de buscarte un compañero, con un nombre también, un amigo que haga de sí tu complemento.
Oh! ya se... Alma y Razón.
Ambos sois opuestos, como el agua y el fuego, mas juntos formais la vida, el día, la noche y el Sol. Un recuerdo, un sueño, un pecado, una traición.

Alma. Haces que hablar contigo sea tan facil como dejar caer las gotas de secretos en el Olvido.
Tiempo. Eso es todo lo que tengo ahora, es mi obsequio. Te regalo el tiempo que no me sobra, que no me odia, que huye de mí sin embargo como el segundero de algún reloj.

Ven, Alma, conmigo. Ayúdame a internarme en ese bosque oscuro, repleto de pesadillas teñidas de añil. Sueños que ya no quieren visitar mis noches y me rehuyen sin explicacion, desaparecen y no me quieren decir la razón. ¿Me la dirás tu?

Alma. Por tu ayuda clamo una vez más. Deja que tu luz en sombras me envuelva y me arrope, pues la Luna me ha abandonado a mi suerte. Las estrellas alumbran el cielo nocturno sin mirarme, extasiadas por algún poeta bohemio que les canta sus baladas, arrebatandome su atención.

No soy capaz apenas de dejar que mi mano se deslice por el papel para escribir cualquier historia fantástica donde las hadas sean de gominola y los niños no pierdan sus alas tejidas con el hilo de la imaginación.

Alma. No me dejes Alma.
Tal vez añores la indiferencia, la inexistencia que te arranque al darte un nombre, una identidad. Una forma de dirigirte a ti como mi suerte, mi inspiración.

Eres Alma porque me escuchas, porque te escribo, porque eres igual que yo.
Eres Alma de azucar, que nubla los momentos amargos, que adereza las ideas descabelladas que en ocasiones pasan por mi mente.
Alma de almas, Alma de color. De color negro perdida en mis palabras, luchando por el control. Cuan poco habrías tardado en corromperte en mi interior.

Deja que pase el tiempo, Alma. No corras tras los minutos que ya pasaron a nuestro lado, no llames a aquellos sueños que ya olvidaron su función.

Ven, quédate conmigo Alma. Ayúdame a escribir ilusiones como antes, ayúdame a inventar nuevos sueños que guardar. Acuna mis noches como antes hizo la Luna, devuelveme a la locura una vez mas.

miércoles, 28 de abril de 2010

Cielos Negros

Bajo las intermitentes farolas de aquella barriada de los suburbios, la mujer caminaba resuelta, con la cabeza erguida, como si las decenas de pequeños ojos que la observaban en cada esquina no enturbiaran su calma en absoluto.

Sus tacones resonaban en el asfalto, haciendo eco en las aparentemente desiertas calles de los suburbios. El pelo rubio dorado que caía como una cascada por su espalda ondeaba como un velo de oro en torno a sus hombros, otorgándole un aura divina que los niños de la calle no podían dejar de mirar. Y ella se daba cuenta.

Se paró al llegar al centro de una plaza de aspecto descuidado, frente a unas destartaladas instalaciones que en su día parecían haber sido bibliotecas y aulas propiedad del ayuntamiento. Ahora, con puertas carcomidas y ventanas rotas, huebiese parecido abandonado de no ser por el cartel pintado con témperas que, colgado de un clavo oxidado en la parte central del arco de entrada, rezaba con letra infantil: "La Comunidad".

Subió los cascados escalones se un salto y abrió los portones de golpe. Ignorando las miradas del grupo de niños que se congregaban en el interior del edificio, avanzó por los anchos pasillos hasta llegar a unas escaleras medio escondidas al otro lado del pabellón.

Buscaba algo en concreto. Algo que le había sido arrebatado y que estaba dispuesta a recuperar.

Llegó al final de los escalones en menos de un minuto, donde otro enorme pasillo se extendía en ambas direcciones. Dos chiquillos la esperaban cruzados de brazos en el rellano, la chica, pelirroja, vestida con ropa vieja y gastada, y cuya expresión reconoció al instante.

- ¿Que buscas?.- Preguntó secamente la niña mientras se quitaba el pelo de la cara.
- Viene a llevarse a Aurea.- Respondió el otro por ella.
- ¿Quien es?.- Su comportamiento seguía siendo brusco, pero aquella vez, Alba se dirigió directamente a su compañero.
- Su madre.

miércoles, 20 de enero de 2010

La cajita

El anciano apartó con delicadeza la mano de la niña, alejándola de la pequeña cajita de madera oscura que reposaba en la repisa de la chimenea.

- Pero, abuelo, ¿Qué hay dentro?

El hombre se rascó el mentón, pensativo. Sujetó a la pequeña de la cintura y la llevó hasta el sofá de piel que, de forma extraña, quedaba de cara al fuego en vez de a la ancha televisión.



La sentó encima de sus piernas, de manera que los ojos de la chiquilla pudieran observar con claridad la caja de madera.

- Esa cajita la dejó alguien muy especial, justo antes de marcharse…

- Pero, ¿Qué puso dentro abuelo?¿Que hay?

- Los pedazos, pequeña.



Con aire ausente, el viejo salió del cuarto, dejando a la muchachita de 7 años sola en el sillón. Sonriendo al ver que nadie se lo impediría esta vez, se sujetó con una mano a la repisa, y poniéndose de puntillas, cogió con las puntas de los dedos la cajita de madera que antes no había logrado mirar.



Cuando la abrió, una sonrisa como solo puede tenerla una niña, se pintó en sus labios ante el descubrimiento.

Corriendo, fue en busca del anciano, que aun descansaba en el balcón.

- Mira abuelo!! Pude arreglarlos!!!

martes, 15 de diciembre de 2009

El coleccionista de sueños

Se incorporo en la cama, incómoda, las sabanas pegadas al cuerpo, perladas gotas de sudor inundando su frente blanca, como un lirio de invierno.

Miro el despertador analógico en la pequeña mesilla de noche, girándose con una mueca de disgusto. Marcaba las cinco y cuarto a.m
"Genial" murmuro con una mueca.

No entraba a trabajar hasta cuatro horas después, y sabía que no podría volver a conciliar el sueño. La imaginación le jugaba malas pasadas, impidiéndole cerrar los ojos, reviviendo imágenes siniestras y macabras que hubiese querido esconder en lo mas profundo de su subconsciente.

Se levantó por fin, mirando con nostalgia el colchón vacío, y se tapó con una fina camisa de hilo blanco para ir hacia le pequeña cocina del piso. Hoy desayunaría bien.

La destartalada cafetera montaba un terrible alboroto al ponerse en marcha, y el liquido caliente borboteaba al caer en la taza de porcelana rosa hasta que la joven apago el aparato y añadió la leche y el azúcar al tazón. En la mesa la esperaban un par de tostadas y un croissant de panadería.

* * *

No supo en que momento exactamente había vuelto a dormirse, pero llegaba tarde. Muy tarde.

Corría hacia el aparcamiento con el portátil colgado del brazo, sujetando la mochila para que no diera grandes golpes y buscando las llaves del coche con la mano que tenia libre.

El BMW negro cruzo la ciudad casi sin detenerse, hasta llegar al enorme complejo residencial de la universidad londinense, una urbe en miniatura dotado hasta del más mínimo detalle.

Inició la maniobra de entrada en el recinto. El gran jardín que rodeaba el campus estaba desierto a aquellas alturas de la mañana. Algún coche aparcado enfrente de la facultad, dos o tres profesores y alumnos cruzando las puertas del edificio. Pero ella ya llegaba tarde. Demasiado tarde.

Subió corriendo hasta la sala de reuniones, en el último piso, muy cerca de los despachos, y entro balbuceando un par de excusas mediocres.
< La gasolina….> Arrugo la nariz. Que poca imaginación.

Al otro lado de la mesa, un muchacho moreno le dirigió una sonrisa burlona. A excepción de el, la habitación estaba completamente vacía. < Buenos días Steffie ¿Has dormido bien? >

Le sacó la lengua, apartándose un mechón de pelo rubio detrás de la oreja, y tras servirse una taza de café, se sentó frente a él. David, profesor en la carrera de IBEF. 23 años, 1.85 y visitante asiduo del gimnasio. El típico deportista por el que cualquier chiquilla preadolescente haría cola a las afueras de un estadio. Poco menor que ella, que había empezado aquel mismo año a dar clases de Arte Moderno.

< He vuelto a despertarme > Comentó mientras tomaba un sorbo. Eran más amigos que compañeros de trabajo…Tal vez algo más.
< ¿Otra vez el mismo sueño? > Preguntó el preocupado, dejando el periódico que sostenía sobre la mesa. < Llevas así dos meses >
< Lo se…Pero, ¿Qué puedo hacer? No entiendo nada…>

El joven le apretó la mano con cariño, y ella, tal vez sorprendida por su actitud, aparto el brazo bruscamente, y un tenue rubor apareció en sus mejillas. Una sonora carcajada salió de la garganta del joven, y con gesto indignado le dio un manotazo en el hombro. < No te rías >

Él se levantó aún sonriendo, y rodeado la enorme mesa de roble rectangular, se colocó a su espalda y apoyó las manos en sus hombros. Y con un beso en la mejilla, se despidió y salió de la sala.

Steffanie sacudió la cabeza y miró el reloj colgado en la pared. Las 11:00 a.m, un cuarto de hora para su segunda clase del día, con alumnos de primero. Al menos, a esa llegaría bien…


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Monotonía. Siempre la misma rutina.

No podía pensar en nada mas cuando cayó pesadamente en el sofá de la sala de profesores, y sus párpadosse cerraron para sumirla de nuevo en la oscuridad.

"El bosque se cernía sobre ella, repleto de árboles cuyas ramas amenazantes la señalaban sin compasion. La luz era apenas capaz de atravesar el espeso manto de hojas verdes que se extendía sobre su cabeza.

Sus ojos se llenaron de lágrimas al distinguir el fulgor rojizo del fuego que la perseguía. El corazón le latía tan rápido que, por un momento, penso que le iba a explotar en el pecho. Pero nada de eso ocurrió.

Las llamas se acercaban a ella con un ansia devoradora, calcinando a su paso todo rastro de vida que una vez había poblado la enorme arboleda. Steffie comenzaba a sentir calor, mientras corría en direccion opuesta para escapar a tan horrenda muerte.

Pero al contrario de lo que debería, el robledal se hacía cada vez mas denso y poblado, los caminos eran cada vez mas impenetrables, y las ramas y arbustos parecían perseguirla al igual que las lenguas escarlata que le pisaban los talones.

Se mordió el labio con fuerza, dejando que un hilillo de sangre resbalara por la comisura de su boca.

Estaba nerviosa. Su memoria comenzaba a funcionar con algo mas de claridad, recordandole inoportunamente que aquel sueño ya lo había vivido antes. Y sabía perfectamente como terminaria.

Empezaba a darlo todo por perdido, cuando a lo lejos, distinguió una figura que nunca antes había visto alli. Estaba quieta, de pie delante suyo, lo suficientemente cerca para que ella pudiese darse cuenta de su presencia, lo suficientemente lejos para que su identidad quedase protegida por la distancia.

<"Stefanie, escucha"> El eco de su nombre resonó a través del bosque, enredandose en sus cabellos rubios como un lazo de seda plateada.<¿Quieres librarte de tu pesadilla?> La muchacha tragó saliva. ¿Un extraño en sus sueños? El miedo que la embargaba cada vez era mas agudo. <¿QUIEN ERES?>
El calor de las llamas a su alrededor comenzaba a ser insoportable. Cada vez le costaba mas respirar, y estaba atrapada entre dos peligros, sin poder avanzar ni retroceder. "El nombre solo es una mera ilusión. No importa quien sea, Steffanie, solo lo que puedo hacer por tí. Dame la mano." El desconocido se acercaba a ella despacio, con su voz tranquilizadora danzando hasta sus oídos.
Le miró tratando de reconocer en su rostro algun rasgo que pudiera identificarle."Solo te pedire una cosa a cambio. Solo una."Steffie frunció el ceño intrigada. <¿Que podría querer usted de mi? Ni siquiera le conozco.> El hombre avanzó un poco más. "Solo un sueño. Algo ínfimo en comparación a dejar de despertarte cada mañana por culpa de esta pesadilla que te aterroriza."
Abrio la boca para expresar su desconcierto ante los obvios conocimientos que tenía de ella. Pero de repente, ya no le parecía tan extraño. Ni siquiera le parecía que desentonase con el lugar. Él tenía que estar alli, se decía. Era su trabajo.
Casi sin percatarse, su brazo se extendió hasta estrechar la mano de aquel familiar desconocido. Comenzó a relajarse casi sin darse cuenta. La cercanía del fuego ya no la inquietaba. Se dió la vuelta despreocupada, y caminó hacia el corazon de las llamas sin siquiera pestañear. A su espalda, el hombre sonreía.

Cuando abrió los ojos, se encontraba de nuevo en el sofá de la universidad. El reloj de pared que colgaba a su derecha marcaba poco mas de la una, lo que significaba que no había dormido mas de 20 minutos. Se frotó los ojos soñolienta, tratando de recordar algo que no estaba segura de haber visto.

Se sobresaltó al ver a David a su lado, sentado con cara de preocupación y sin quitarle la vista de encima ni un solo momento. <¿Estas bien? ¿Ninguna pesadilla?> El muchacho parecia ansioso por saber la respuesta, asi que Steffie se dispuso a contestar . "No... creo que no"

Pestañeó exageradamente. "Por cierto.... ¿Y tu quien eres?"